Acabo de ver “Deja Vu”, un thriller de ciencia-ficción dirigida por Tony Scott. La película en sí no es una obra maestra (es más bien un cóctel de elementos conocidos), pero es entretenida. Pero lo que me pasa cuando veo películas de ciencia ficción estadounidenses es que siento que éstas requieren no solo imaginación por parte del espectador sino una fé absurda en el argumento. Para mi el elemento que diferencia al público norteamericano – comparado, por ejemplo, con el europeo – es su religiosidad, en el sentido de que en USA se están produciendo cada vez más películas que poca relación tienen con la realidad y que apelan más a la fe de los espectadores en que lo que se cuenta es posible o verdadero.  Esto va desde la religión pura y dura a la transformación de la ciencia en una especie de imagen divina que es lo que ocurre en Deja Vu cuando los investigadores se transforman en Dios capaces de ver todo lo que ocurre en el pasado, en el más mínimo detalle.

La película “Deja Vu” no está basada en la realidad en la que se fundamenta un déjà vu, sino que alude a un imaginario problema de tiempo y espacio, en el cual se presenta un deslizamiento metafísico, de teletransportación, explicado desde la teoría de la relatividad de Einstein. Este desplazamiento hace posible regresar en el tiempo por un desdoblamiento asimétrico en la curva del tiempo y por lo tanto que – aunque el protagonista muera – nunca pueda encontrarse con su otro yo del pasado. Pues, según lo que la película dice, esto podría provocar un desequilibrio entre el tiempo y la curva electromagnética, desencadenándose un colapso distorsionado de la realidad. Esto sucede, además, en un escenario que apela al patriotismo y los miedos actuales respecto a la amenaza terrorista, combinando elementos de la teoría de la conspiración con la idea de un Estado que actúa como Gran Hermano, y vigila a las personas. Pero el hecho es que el guión – aunque posiblemente ponga incómodo a más de un científico – es sólido a nivel narrativo y de ahí que el filme es capaz de mantener la intriga.

Lo que me sorprende es que el desarrollo de la película está sustentado en gran parte en la fe del espectador. Quiero decir: que la fuerza de la historia y el éxito de la película se basa en gran medida en que los espectadores creen en el argumento sin necesidad de que éste haya sido confirmado por la experiencia o la razón, o demostrado por la ciencia ya que claramente ciencia esto no es. Esto es también un componente esencial, por ejemplo, de la ficción literaria. Pero lo que me llama la atención es que este tipo de argumentos basados en la fe son muy comunes en el cine estadounidense. ¿Quién ha visto – por ejemplo – una película francesa en el que la torre Eiffel sea atacada por extraterrestres (como sucede con la estatua de la libertad en “El día de la Independencia”)? ¿En la que Jean Reno o Jean Paul Belmondo frenen un asteroide que amenaza con destruir el planeta (como lo hacen los héroes de “Armageddon”)? ¿O a Juliette Binoche o Emmanuelle Béart huyendo de un robot del futuro que quiere acabar con ella (como Linda Hamilton en Terminator)?

Creo que los estadounidenses disfrutan especialmente este tipo de cine, que si bien es consumido globalmente no es característico del cine de otros países. Y me animo a pensar que su particular gusto por este tipo de guiones se debe a su gran religiosidad. Estados Unidos es, de lejos, el país más religioso de los países capitalistas avanzados. No digo con esto que los espectadores estadounidenses crean realmente que tales acontecimientos sean posibles, sino que la gente religiosa tienen una mayor predisposición a tolerar estas narrativas. Es así como pueden tomar con menos dudas la mano del director y acompañar a los actores en la representación, divirtiéndose de principio a fin sin cuestionarse demasiado sobre la veracidad de lo que están viendo.  Yo en cambio sufro del problema opuesto y me distraigo encontrando inconsistencias en la trama.

Esta presencia de la fe se nota en muchas de las películas que salen de Hollywood, ya sean guiones originales, novelas adaptadas o remakes. Un ejemplo es la saga “El Exorcista”, que se basa además en un ejercicio de redención ante la pérdida de fe – ya que tanto el Padre Karras como el detective Kinderman en “Legión” recorrerán un doloroso camino hasta recuperarla. Y plantea claramente la dicotomía entre la ciencia y el laicismo, por un lado, y las formas de creencia y religiosidad por el otro. Pero también hay otras películas que requieren de la fe de los espectadores ya sea porque apelan directamente a cuestiones religiosas o porque presentan acontecimientos científicos o paranormales difíciles de comprobar. Entre ellas: Ghost, Sexto Sentido, Inframundo, La Llamada, El Efecto Mariposa, Señales, El Exorcismo de Emily Rose, La Guerra de los Mundos, Terror en la Niebla, Gothika, Premonición, La Plaga, La Cosecha, El grito, La señal, Invasión, El Abogado del Diablo y Siete.

Mi experiencia personal es que rara vez me engancho en una película así y en cambio disfruto enormemente películas como Little Miss Sunshine, American Beauty, Happiness, Sex Lies and Videotapes, y muchas otras maravillas del cine independiente norteamericano en el cual actores formidables relatan episodios de la vida cotidiana con mucho arte.

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