Estados Unidos retiró en 2001 su firma del Protocolo de Kioto y el gobierno de Bush se ha negado siempre a aceptar límites a las emisiones de gases contaminantes. Incluso ha mantenido una política ambiental y energética reticente a aceptar la evidencia científica de que el planeta se calienta a marchas forzadas y de que la acción del hombre tiene mucho que ver en este proceso. Ahora, súbitamente, el presidente norteamericano ha propuesto un pacto a los 15 países con más emisión de gases para establecer una meta mundial para reducir la contaminación antes de finales de 2008 -año en que finaliza su mandato. ¿Cómo se explica este cambio en la posición de Estados Unidos? ¿Y qué podemos esperar de él?

La semana pasada, la Casa Blanca propuso convocar una serie de reuniones a las que invitará a los catorce países que junto con Estados Unidos son responsables del 80% de la contaminación del mundo, a fin de establecer para finales de 2008 una meta de emisiones de los gases que producen el efecto invernadero. En esta “cumbre de sucios” se reunirían, además de Estados Unidos -el mayor emisor del mundo de dióxido de carbono- los jefes de Estado de los países del G8 y a otros grandes emisores, como China, India, Brasil, Sudáfrica, Corea del Sur, Australia o México. A grandes rasgos, puede decirse que esta propuesta de George W. Bush está motivada tanto por las presiones que Estados Unidos ha recibido tras retirarse del Protocolo de Kioto como por la proximidad de la cumbre del G8, que tendrá lugar este 6 de Junio en Heiligendamm, Alemania.

En 2001, Bush se negó a instrumentar el Protocolo de Kioto, con el argumento de que éste dañaría gravemente la economía de su país ocasionándole pérdidas cercanas a los 400 mil millones de dólares y los 4.9 millones de puestos de trabajo. Otra razón que presentó en ese momento fue que el tratado se centraba en las emisiones de los países industrializados y no buscaba limitar, en la primera etapa, la contaminación en las regiones en vías de desarrollo. Y si bien los defensores del protocolo respondieron que esto era justo porque el problema del cambio climático tiene su origen en las economías ricas y no en las pobres, las autoridades de Washington sostuvieron que en tanto países como China e India (que según ellos pronto superarían sus niveles de contaminación) no suscribieran al acuerdo, era injusto pedirle a Estados Unidos que lo hiciera.

Hasta el momento, esta postura ha provocado mucha presión sobre la Administración Bush, tanto de parte de sus pares del G8 como del mundo entero. Incluso desde de la propia sociedad norteamericana, sobrecogida todavía por los devastadores huracanes del pasado verano, las hipótesis de que esos huracanes tienen mucho que ver con el calentamiento que sufre ya el planeta, y la enorme difusión en 2006 y Oscar de Hollywood del documental de Al Gore “Una verdad incómoda”. Muchos Estados – como California – han también establecido sus propias regulaciones en la materia.

Ahora, además, la Administración Bush enfrenta la próxima realización de la cumbre del G8, en donde el cambio climático tendrá un papel predominante. Si bien esta cumbre tratará cuestiones económicas, comerciales, conflictos internacionales y ayuda al desarrollo, el cambio climático será sin duda uno de los protagonistas. Especialmente debido a la falta de acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre la reducción de emisiones y la insistencia en el tema de Alemania, que actualmente preside el G8. El borrador preparado por la Canciller alemana, Angela Merkel, incluye la reducción de emisiones de gases en 2050 a niveles en un 50% inferiores a los existentes en 1990 y una reducción para 2020 del 20% de la energía para electricidad y transportes. Pero por el momento la Casa Blanca ha rechazado esas metas y los negociadores todavía no se ponen de acuerdo en un texto de consenso.

La realización de la cumbre de los países más contaminantes tiene entonces dos importantes motivaciones. Por un lado, intenta ser un nuevo punto de partida para Estados Unidos, una especie de “Kyoto 2” (el actual tratado expira en 2012) al que Washington tuviera oportunidad de reengancharse. Por el otro lado, propone una aproximación al problema del calentamiento global distinta a la hasta ahora defendida por los países europeos, especialmente por su tono menos vinculante y multilateral. Mientras que la Unión Europea ha defendido tradicionalmente medidas multilaterales centradas en la regulación de las emisiones de gases nocivos (como es el caso del Protocolo de Kioto), la nueva propuesta de Estados Unidos es que esta nueva cumbre proponga mecanismos de que apunten no a la regulación de las emisiones sino al avance tecnológico como principal solución al problema. Propone, además, que estas acciones se basen en un modelo de acción independiente al de Naciones Unidas (que Estados Unidos encuentra anti- americana), en el que cada país pueda establecer sus objetivos e implementar programas que utilicen su propia mezcla de fuentes de energía y futuras necesidades.

Por el momento, esta iniciativa cuenta con el apoyo de países como Japón, Australia y Gran Bretaña. Pero ha sido recibida con recelo en Europa, obteniendo incluso duras críticas de la Comisión Europea. Para el comisario de Medio Ambiente, Stavros Dimas, el plan de Bush básicamente repite la línea clásica de Estados Unidos sobre el cambio climático, en el sentido de que no contempla reducciones obligatorias de emisiones y sólo expresa vagos objetivos. La propuesta tampoco tiene el apoyo de las entidades ecologistas, como el Fondo Nacional del Medio Ambiente (NET, por sus siglas en inglés), Greenpeace o el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NRDC). El presidente de NET, por ejemplo, la calificó de vaga e hipócrita. “Es un esfuerzo por quitar del foco de atención la negativa del presidente a aceptar propuestas de reducción de gases en la reunión del G-8”, acusó. “La Casa Blanca intenta esconder el hecho de que Bush está completamente aislado en el G-8, al convocar vagamente a algún acuerdo el año próximo, justo antes de que él concluya su mandato”, añadió luego.

Como bien concluye El País, a pesar de que es apreciable el cambio de la Administración Bush en pasar de ignorar la amenaza del cambio climático a tomar iniciativas en la materia, por el momento es casi imposible pensar que Estados Unidos se comprometa en la cumbre a un calendario de reducción de emisiones como el que propone el G8. Es dudoso también que esta iniciativa signifique que el gobierno estadounidense está dispuesto a considerar a corto plazo compromisos sobre objetivos y plazos en cuanto a la emisión de gases; al menos no durante el año y medio que le queda de vida a esta Administración. Más adelante, sin embargo, una eventual victoria de un candidato del Partido Demócrata sí podría llegar a cambiar las cosas.

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