La situación de África es crítica: la pobreza es agobiante y es la región con mayor cantidad de conflictos y persistentes violaciones de los derechos humanos. Pero también es paradójica, porque África es uno de los continentes más ricos de la tierra en recursos naturales. Lo que me llama la atención entonces es que mientras que Asia (y particularmente China) ha detectado esta riqueza y le ha dado un lugar en su agenda económica, Europa y Estados Unidos siguen sosteniendo una postura que oscila entre el trauma post colonialista y la filantropía y que a largo plazo poco hacen por el desarrollo del continente.

Durante los últimos años, Asia ha incrementado notoriamente sus actividades con África. Las exportaciones africanas a China crecieron un 48% anual entre 1999 y 2004, y el 10% del total de las exportaciones que realiza el continente se destinan a los gigantes asiáticos. Las exportaciones asiáticas a África, por otra parte, se han incrementado en un 18%, representando una proporción mucho más alta que la de cualquier otra región, incluyendo la Unión Europea. Este crecimiento están basado en el hecho de que ambas regiones se complementan: Asia ha tenido un importante crecimiento económico y necesita de las materias primas y recursos naturales que posee África. Y África, por su parte, necesita desesperadamente de inversión externa.

Estas nuevas relaciones han despertado algunas preocupaciones en Estados Unidos y Europa. Entre otras cosas, porque hay quienes argumentan que el interés asiático en África está guiado por intereses comerciales de corto plazo y que carece de toda consideración respecto a los derechos humanos, la democracia, la gobernabilidad o la sostenibilidad medioambiental. Esto es cierto, especialmente cuando se consideran las políticas “cero condiciones” que exige China. Pero, desde mi punto de vista, una de las mejores formas de ayudar a África es mediante el comercio y la inversión directa, porque esto le puede permitir al continente posicionarse de mejor manera en el escenario político y económico internacional. En este sentido, creo que (si es bien aprovechado) el interés asiático en la región brinda una oportunidad económica y política única para la región.

La inversión asiática en África ha provenido, tradicionalmente, de las nuevas economías industrializadas, tales como Hong Kong, la República de Corea, Singapur y Taiwán. Pero recientemente Malasia, China e India han hecho importantes inversiones también. China, particularmente, se ha convertido en uno de los socios económicos y comerciales más importantes de África. Entre 200 y 2006, el comercio (importaciones y exportaciones) entre ambas regiones creció de U$D 11 a U$D 56 mil millones. Además, ha condonado a diversos países africanos deuda por un monto total de U$D 10 mil millones y ha invertido para crear y modernizar numerosas infraestructuras como ferrocarriles, redes eléctricas y telefónicas, puertos, escuelas, carreteras, hospitales y puentes. Ha otorgado también numerosas becas a estudiantes africanos (en los últimos 2 años, 11.000 profesionales africanos han recibido capacitación laboral en China) y a contribuido mediante el envío de médicos y de 1.500 soldados a diferentes misiones de la ONU en la región.

Frente a este dinámico escenario, se hacen más evidentes que nunca las posturas que tanto Europa como Estados Unidos tienen frente a África. Desde mi punto de vista lo que sucede es que los chinos ven a África como un continente vacío de emprendedores y llenos de recursos naturales y que como ellos mismos son emprendedores y necesitan recursos se lanzaron a trabajar ahí. Mientras que Europa y Estados Unidos han tenido, históricamente, posiciones que oscilan entre el colonialismo, la negligencia y la filantropía. Europa, por ejemplo, ha hecho del continente su prioridad en la política humanitaria y en 2005 prometió incrementar su ayuda de U$D 10 a U$D 30 mil millones. Más allá del nivel de conciencia que todos tenemos sobre la situación africana, yo creo que esto se debe en gran parte a la deuda histórica que tiene Europa con África. Y que este sentimiento encuentra su vía de escape a nivel internacional en la implementación de políticas de asistencia.  Especialmente cuando los medios nos presentan todos los días tristes noticias de africanos que tratan de llegar a nuestras costas.

Estados Unidos, por otra parte, tradicionalmente ha negado el problema africano. Su reciente interés en el continente deriva en gran medida de que para la Administración Bush África tiene gran importancia por los desafíos de seguridad que representa, especialmente en lo que refiere al terrorismo y la seguridad energética. Es así, en 2005 su gobierno dijo haber triplicado su asistencia al continente. Sin embargo – al igual que la política de asistencia europea – estas medidas han sido puestas en duda respecto a su efectiva implementación. Se ha denunciado, además, que el G8 no ha puesto en práctica la decisión tomada en 2005 y largamente anunciada por Bush de enviar USD 60 mil millones para ayudar a África a combatir el SIDA, la malaria y la tuberculosis.

En este sentido, pensando en el desarrollo de África, la postura asiática me parece la más efectiva pese a que para muchos parecerá explotadora. Porque si bien no hay que obviar todo tipo de ayuda y económica y asistencia política para el fortalecimiento de los sistema de gobiernos y posibilidades de desarrollo de los países, la inversión directa es la mejor estrategia para que África, finalmente, reescriba su historia política y económica. Si bien es cierto que por el momento muchas de estas inversiones han apuntado a los recursos naturales del continente, si los gobiernos locales implementan políticas adecuadas, estos fondos también pueden canalizarse a la industria y manufactura. Especialmente, porque el rápido crecimiento económico que está teniendo Asia puede llevar a un incremento de sus inversiones en el continente. De esta forma, la inversión actual puede transformarse en el futuro en empleo, educación y salud. Creo que es como cuando decidimos dejar de regalar comida o ropa usada para dar trabajo. Creo que la política china, frente a la europea o la estadounidense, muestra menos prejuicio, permite mayor dignidad y es – económicamente – mucho más eficiente.

Agradezco a Maria Frick por su colaboración en este artículo

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