Una Historia Personal, Por Martin Varsavsky

Mi padre Carlos Manuel Varsavsky nació en Buenos Aires, en 1933. Yo nací en 1960, también en Buenos Aires. Mi padre estudió en el Colegio Nacional Buenos Aires y en la Universidad de Harvard. Yo lo hice en el Colegio Nicolás Avellaneda y en la Universidad de Columbia. Mi padre era científico pero incursionaba en el mundo empresario. En tanto, yo soy un empresario que incursiona en el mundo científico, con proyectos como Medicorp Sciences, que lancé en su momento con el premio Nobel argentino Cesar Milstein y su ilustre colega Claudio Cuello.

Pero las analogías no se terminan allí. La más relevante, y la más triste, es la que se dio en estos días, a raíz del escándalo de Southern Winds. Es que tanto mi padre como yo desarrollamos con éxito gran parte de nuestras carreras fuera del país, y cuando tratamos de replicar esos éxitos en nuestra patria sufrimos enormemente.

El caso de mi padre es especialmente triste. Era doctor en Astrofísica de Harvard y regresó a la Argentina para enseñar en la Facultad de Cien Exactas. Poco tiempo después, en 1966, en la Noche de los Bastones Largos, fue apaleado por el director del gobierno de Onganía, un señor que creía que golpear cerebros podía tener algún efecto sobre las ideas que en ellos residían.

Pero mi padre no se amedrentó y, expulsado de esa facultad, logró que la National Science Foundation de Estados Unidos financiara la construcción del radiotelescopio que hoy tenemos en La Plata. La construcción fue un éxito pero fue echado violentamente una vez más con la vuelta de los militares al gobierno. En esta ocasión, con el argumento de que la radioastronomía era un área que debía de ser controlada por las Fuerzas Armadas, que en su soberbia consideraban que su jurisdicción se extendía hasta el universo observado desde la Argentina.

Así, mi padre volvió a Estados Unidos, donde falleció muy joven, a los 49 años, en un vuelo de visita a la Argentina, también en circunstancias muy difíciles. Pero no sólo mi padre tuvo problemas en este país. Puedo mencionar la fugaz vida de mi primo hermano David Varsavsky, mi compañero de juegos, que a sus 17 años fue secuestrado por un comando militar en una fría madrugada de 1976 en su casa en Belgrano. Fue asesinado, aunque nunca supimos de qué forma. Pudo haber sido arrojado al mar desde un avión en uno de los tristemente célebres vuelos de la muerte.

David fue uno de los tantos “desaparecidos”. Luego de su muerte emigramos con mi familia a Estados Unidos, gracias a una visa de refugiados que consiguió otro premio Nobel amigo de mi padre, Wasily Leontieff. Estudié en Nueva York y, tiempo más tarde, en 1985, comencé a desarrollar mis empresas en Estados Unidos y Europa: Urban Capital, Medicorp Sciences, Viatel, Jazztel, Einsteinet y Ya.com. Se trata de empresas enfocadas en distintos campos —inmobiliario, biotecnológico, las telecomunicaciones e internet— y cuya mayoría construí y vendí.

Ni fue fácil crear empresas, ni todas resultaron un éxito. Una de ellas, Einsteinet, fracasó. No obstante, en ninguno de los casos resultó un éxito o un fracaso por cuestiones como la que ahora afecta a Southern Winds. Einsteinet, por ejemplo, falló por ser “demasiado” pionera en el uso de una tecnología lanzada en el año 2000 (Applications Service Provider) y que recién ahora insinúa los primeros logros. Pero hay cosas que se repiten en las historias familiares y parecía que mi vida no sería plena y satisfactoria sin una reconciliación, si no lograba superar el trauma de la emigración forzada de la Argentina. Mi primer intento fue en el año 2000.

Durante el gobierno de Fernando de la Rúa me acerqué para desarrollar el proyecto más grande para informatizar la educación argentina. Se trataba (y se trata) de una obra social —y no un negocio—, en la que la Fundación Varsavsky (www.varsavskyfoundation.org) donó más 11 millones de dólares para construir un gran sitio web (www.educ.ar) que contuviera material educativo. Educ.ar Sociedad del Estado fue creado con el propósito de conectar a los colegios argentinos a internet y de entrenar a los educadores en el uso de esta potente y singular herramienta. Pero Educ.ar entró en crisis cuando, tras la caída del gobierno de De la Rua, el presidente Adolfo Rodríguez Saá declaró el default y se esfumó la mitad de mi donación a Educ.ar. Durante los dos años siguientes, 2002 y 2003, mis actividades en la Argentina se limitaron a salvar a Educ.ar y a tratar de alcanzar algo comparable al suceso que se daba con un proyecto similar que inicié en Chile (www.educarchile.cl).

Aunque las cosas fueron difíciles durante el gobierno de Eduardo Duhalde las buenas noticias empezaron a llegar con la asunción de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación y la llegada de Daniel Filmus al Ministerio de Educación. ¡Qué increíble e impactante resultó el acto que en agosto de 2004 se realizó en Campo de Mayo, cuando el gobierno donó 90 millones de pesos para el plan de alfabetización digital!

Fue para mí maravilloso ver al Ejército Argentino —antiguo enemigo de la gente pensante— reformado y embarcado en la distribución de los flamantes 10 mil computadoras de Educ.ar. Ese día, con la presencia del comandante Bendini, el ministro Filmus y el presidente Kirchner, recuperé la esperanza en la Argentina.

Durante 2004, Educ.ar experimentó un crecimiento enorme y, aunque aun estamos lejos de que el 100 por ciento de los alumnos argentinos tengan acceso a internet, podemos decir que gracias al gobierno actual el ya es un 20 por ciento quienes ya lo tienen. Se estima que a fines de 2005 el número de alumnos conectados llegará al 35 por ciento.

Quizá fue el entusiasmo por el éxito de Educ.ar lo que me alentó a embarcarme en un nuevo proyecto en Argentina. Juan Maggio vino a verme y me pidió ayuda para financiar nuevos aviones, para hacer crecer la única aerolínea argentina con potencial que quedaba en el país luego de vendida en tristes circunstancias la otrora distinguida Aerolineas Argentinas. Decidí apoyarlo. Y el 19 de noviembre del 2004 firmamos un contrato de financiación. No soy socio en su aerolinea, no soy gestor, ni soy ejecutivo, pero sí soy el único financista de sus nuevos aviones y además gestiono la estrategia de venta de pasajes por internet, que es mi especialidad. Y todo iba increíblemente bien. Southern Winds usó de manera prudente mis fondos, contrató dos jumbos 747 —uno de los cuales ya está volando y otro empieza a hacerlo en pocos días— y la aerolínea empezó a crecer en forma rápida y sostenida.

Pero la alegría duró poco, el domingo último fue publicada una penosa noticia, la de que una banda de narcotraficantes había infiltrado la aerolínea, y ahora Southern Winds está metida en un enorme escándalo. Al principio los periódicos acusaban a la compañía, pero ahora creo que han advertido que los narcotraficantes no solo habían infiltrado la aerolínea sino que también lo habrían hecho con la Fuerza Aérea.

Southern Winds ya identificó y denunció a sus tres empleados corruptos. Todos ellos ahora están presos. El gobierno resolvió investigar a la Fuerza Aérea para ver cómo son las cosas allí. Personalmente, sufro viendo todo lo que ocurre, leyendo declaraciones de funcionarios que aseguran que desde Ezeiza salen, por año, 2500 kilos de cocaína por año. Espero que la justicia y la policía actúen con celeridad y eficacia; y que la Argentina deje de ser un país involucrado en la miseria y las muertes que la droga genera.

Sigue a Martin Varsavsky en Twitter: twitter.com/martinvars

Sin Comentarios

Amelio en Julio 22, 2007  · 

Capablancka, J.T. en Septiembre 15, 2008  · 

Dejar un Comentario

Español / English


Suscribirse al boletín por e-mail:
Últimos Tweets