Durante los últimos años, el debate sobre los alimentos genéticamente modificados ha enfrentado a los activistas ambientales y a los defensores de la biotecnología. Y lo cierto es que el tema es tan complejo como crucial. Porque los argumentos de cada “bando” son muchas veces válidos y porque algunos gobiernos ya están adoptando políticas y tomando decisiones en la materia. Personalmente, creo que es importante no perder de vista algunos aspectos clave de esta discusión porque en mi opinión los transgénicos no son ninguna novedad (los humanos venimos modificando genéticamente lo que comemos desde hace 10.000 años) y además lo que mucha gente que los opone se olvida es que la opción para los transgénicos es comida, que sin ser necesariamente mejor, es más cara. Lo del costo de la comida, que en Europa es una opción, en Africa es frecuentemente la posibilidad de vivir. Por eso creo que en general hay que permitir a los alimentos transgénicos pero tratarlos como los productos farmacéuticos y hacer pruebas medioambientales, en animales y gente antes de lanzarlos masivamente al mercado. Me explico.

Los organismos genéticamente modificados (OGM) pueden definirse como organismos en los cuales el material genético hereditario (ADN) ha sido alterado de un modo artificial añadiéndoles otros materiales genéticos. Esta tecnología (que tiene su antecedente en la mejora de las razas de animales de granja o las variedades vegetales comestibles utilizando el cruce sexual o aprovechando la variabilidad natural) generalmente se denomina “biotecnología” o “ingeniería genética” y permite transferir genes seleccionados individuales de un organismo a otro, aún entre especies no relacionadas.

Estos métodos se utilizan para crear, por ejemplo, vegetales GM como el maíz transgénico, que resiste el ataque del taladro (insecto depredador del maíz) al portar un gen que sintetiza una proteína tóxica para esta plaga. También se han diseñado alimentos transgénicos animales, como carpas y salmones que portan múltiples copias del gen de la hormona de crecimiento para ganar tamaño mucho más rápido. Incluso se están desarrollando animales que producen leches enriquecidas en fármacos o leches con bajo contenido en lactosa, apta para el consumo de quienes no toleran el azúcar. Por último, existen alimentos fermentados a los que se han aplicado técnicas de ingeniería genética. Las bacterias lácticas o las levaduras de uso en el sector agroalimentario, por ejemplo, han sido modificadas con genes exógenos para crear quesos en los que se acortan los tiempos de maduración, vinos con un incremento de aroma afrutado, o panes en cuya producción se obvia la adición de aditivos con capacidad alergénica.

Los cultivos transgénicos han sido, sin embargo, los de mayor desarrollo y comercialización durante los últimos años. Básicamente, porque presentan ventajas para sus productores y consumidores: menores precios y mayores beneficios en términos de durabilidad o valor nutricional. Además, la crisis humanitaria del sur de África y el hecho de que ya no puede aumentarse la superficie cultivable en el mundo han provocado mayor atención sobre este tipo de cultivos. En la actualidad, más de 842 millones de personas sufren hambre crónica y otros muchos millones padecen malnutrición causada por la mala calidad de la alimentación habitual o por la falta de diversidad de ésta. Se prevé, además, que en los próximos 30 años habrá que alimentar a otros 2.000 millones de personas con una base de recursos naturales cada vez más frágil. La pregunta clave es entonces: ¿pueden los transgénicos ayudar a mitigar esta situación?

La idea de utilizar cultivos genéticamente modificados para ayudar a disminuir la demanda de alimentos surge del hecho de que este tipo de cultivos es superior al tradicional en términos de su producción y adaptabilidad. Por un lado, los vegetales genéticamente modificados poseen una nueva resistencia a las enfermedades causadas por insectos o virus y una mayor tolerancia a los herbicidas (los agricultores pueden rociar herbicida en sus campos para matar malas hierbas sin dañar la cosecha). Esto reduce el riesgo de malas cosechas y la necesidad de aplicar sustancias químicas para proteger los cultivos, por lo que aumenta la productividad reduciendo al mismo tiempo la contaminación del medio ambiente por el uso de pesticidas y herbicidas. Por otro lado, mediante la modificación genética es posible domesticar nuevas especies vegetales o adaptar las variedades ya cultivadas a nuevas zonas geográficas con características climáticas o de suelo extremas. De esta forma, se puede hacer que los cultivos resistan las sequías, inundaciones, acidez del suelo, salinidad y temperaturas extremas, posibilitando así la agricultura en áreas marginales y suelos degradados no aptos para la agricultura convencional.

Además, estos cultivos pueden convertirse en promotores de la salud. Algunos de los alimentos modificados pueden ayudar, por ejemplo, a prevenir problemas cardíacos y algunos tipos de cáncer mediante el suministro de más vitamina C y E y de compuestos protectores presentes en algunas plantas. La investigación se encuentra también muy adelantada en lo que se ha llamado el “arroz dorado”, que podrá combatir las carencias de vitamina A y hierro, evitando la ceguera de hasta tres millones de niños pobres al año y mitigando la deficiencia de vitamina A en aproximadamente 250 millones de personas. Hay también otros alimentos en desarrollo, como papas que absorben menos aceite – que podrían ayudar en la prevención de enfermedades cardíacas disminuyendo el nivel de ácidos grasos perjudiciales – y la producción de variedades de soja, arroz o maní hipoalergénicos. Y los investigadores se encuentran trabajando en bananas y otros cultivos que puedan suministrar vacunas contra la Hepatitis B y enfermedades mortales como el cólera.

Lo cierto es, sin embargo, que no hay conclusiones acabadas sobre el tema y que todavía se desconocen los efectos de los alimentos genéticamente modificados en la salud humana y el medioambiente. También es una realidad que, más allá de la cantidad de alimento que se produzca, es necesario revisar los mecanismos políticos y económicos que hacen a su equitativa distribución. Me cuesta por ello adoptar una postura definitiva sobre el asunto; pero lo que me interesa destacar hoy es la posibilidad de que los alimentos GM puedan reducir el número de países que en la actualidad presentan deficiencias alimentarias. Es por esto que, en este caso, coincido con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación cuando dice que la biotecnología debe formar parte de un programa integrado y amplio de investigación y desarrollo agrícolas que dé prioridad a los problemas de las personas pobres. Y es por lo mismo también que me gusta conocer iniciativas como EAGLES (European Action on Global Life Sciences), que promueve la colaboración entre los investigadores europeos y los de países en desarrollo para buscar de manera conjunta una solución al hambre y las enfermedades de las personas más pobres.

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