El votante argentino sufre de un mal poco conocido en el mundo y es que cambia demasiado de opinión año tras año. Así como el argentino es fanático del fútbol, como votante es también fanático, pero a diferencia del fútbol en política cambia mucho de equipo. En USA o España por ejemplo hay dos partidos políticos que se disputan el poder y las elecciones se deciden por un 20% de los votantes que son “swingers”, es decir que se pasan de un partido a otro. El resto es siempre demócrata o siempre republicano, o siempre PP, o siempre PSOE. Las elecciones en estos paises y muchos otros van orientadas al “swing vote”. Pero en Argentina la proporción de swingers es enorme. Si uno mira lo que le ocurrió a presidentes como Menem o Kirchner se ve que en poco tiempo pasaron de tener una gran mayoría del país con ellos a una gran mayoría contra ellos. Asi es como en Argentina la misma persona que adoraba el sistema de cambio 1 a 1 ahora lo detesta, o que estaba encantada con el libre mercado ahora lo detesta, en Argentina la mayoría de los votantes son curiosamente swingers ya que el partido principal, el peronista, es un partido que no representa ninguna ideología en particular, un peronista puede ser desde un liberal a un socialista.

Ahora la segunda parte de esta ecuación es aún más extraña. En Argentina durante la luna de miel, que puede durar muchos años como le duraron a Menem y a los K, el gobierno se hace, legalmente, semidictatorial. Estas semi dictaduras ocurren no solo porque el gobernante de un país de votantes poco sofisticados logra “enamorar” al público para conseguir control del poder ejecutivo y el legislativo sumados, sino porque en Argentina es común darle super poderes al ejecutivo. Gracias a la combinación de un público poco crítico que está mayoría a favor o mayoría en contra de una persona y no una idea, y a la existencia de super poderes, la Argentina es ocasionalmente una democracia y en general un estado autoritario. Visto desde esta óptica se entiende la importancia de las elecciones legislativas de estos días en Argentina. El resultado inmediato (o en diciembre cuando asuman los nuevos legisladores) va a ser ponerle fin al autoritarismo Kirchner acostumbrado a gobernar con super poderes. Los K perdieron el trono. Es por eso que estas elecciones representan una vuelta a la democracia o por lo menos a la democracia tal como se conoce en otros lados que se basa tanto en el deseo de la mayoría como en el respeto a la minoría. Mi esperanza es que nunca nadie vuelva a gobernar la Argentina con super poderes.

Actualización (01/07): a continuación comparto un mail que me envío mi amiga Rosario Rodríguez Cappa

Ayer fui fiscal. Una vez más.
Hace muchos años había fiscalizado una elección en la ciudad de Buenos Aires y ahora volví a hacerlo.
No recordaba cuánto me había gustado la primera vez.

Cuando le comentaba a la gente que sería fiscal todos me decían -Uh, no! Te engancharon, qué bajón!- y a todos les sorprendía mi respuesta -No me engancharon, yo me ofrecí-.

Unos meses atrás me inscribí en un partido para ser fiscal de mesa. Aclaro que no soy afiliada ni simpatizo especialmente con ningún partido. Si me preguntaran por qué decidir presentarme no podría responder, era algo que quería hacer, que sentía que tenía que hacer. En algún punto el partido por el cual fiscalizaría era lo de menos. El punto en cuestión era ir y hacerlo.

Y si bien yo fiscalizaba una mesa por un partido puntual también tenía en claro que mi deber era ayudar a todas las fuerzas políticas implicadas; es decir si yo notaba que faltaba una boleta de otro partido y no lo denunciaba automáticamente me convertía en cómplice de esa falta. Por suerte, nada de eso pasó y la elección fue tranquila, sin mayores complicaciones.

En Argentina ayer hubo elecciones parlamentarias. Se renovaba parcialmente el Congreso.
Candidatos, listas, partidos, alianzas, agravios, denuncias, tendencias, encuestas, sospechas de fraude…El porcentaje de presencia de estas elecciones en los medios fue altísimo.

Gracias a Dios existe la veda electoral por la cual durante las últimas 48 horas antes de cada elección se prohibe cualquier tipo de propaganda política, campaña, promoción y otro tipo de influencia sobre los votantes. En teoría la veda es un período de tiempo para que cada uno pueda evaluar las propuestas de cada candidato.
Lamentablemente, en estos tiempos 48 horas sobran.

Se calcula que estas últimas elecciones le costaron al Estado Nacional unos $250 millones.
$250 millones, repartidos entre los aportes a los partidos políticos, la confección de padrones, impresiones de boletas, los sobres para las boletas, el sello y la tinta, la adquisición de urnas y traslados de las mismas, logística en general, el pago a las autoridades de mesa con sus consiguientes viandas, el alcohol en gel que hubo que sumar al kit electoral que recibe cada presidente de mesa.

Cuando iba hacia la escuela en la que me tocaba fiscalizar se me mezclaban varias sensaciones: la primera cansancio -eran las 6.50 de la mañana y había dormido poco más de 4 horas ya que la noche anterior había ido al cumpleaños de un amigo. La segunda, frío. Y la tercera y la mayor de todas era de felicidad y, por qué no decirlo, de cierto orgullo por la tarea que me esperaba.

A las 7.15hs llegué a la mesa donde me tocaba. Me presenté con las autoridades y a las 8.02hs abrimos la mesa. No venía nadie… Recuerdo que pensaba -Vendrá gente hoy?-
A partir de las 9.30hs la gente empezó a llegar.

Pero el frío, el mal clima, la gripe A, la gripe común, el DNI que no aparece, el contagio, la paranoia, el descreimiento a los políticos podían hacer -e hicieron- que mucha gente faltara y no cumpliera con su deber.

Entre las anécdotas del día figuran: que la presidente de la mesa resultó ser cuñada de un médico mío, que varias votantes eran señoras muy por arriba de los 70 años (edad máxima para el voto obligatorio), que apenas podían caminar y que ninguno de los elementos antes mencionados las hicieron dudar a la hora de ir a votar y que todas ellas manifestaron su felicidad al poder cumplir con la patria. En buena hora!
Por otro lado, sí vi apatía -casi molestia- en las mujeres jóvenes. Y me reservo una alegría personal, en mi mesa votó la hermana de uno de los mejores amigos que tuve en mi vida y que hace años que no veo.

A las 18hs se cerró el escrutinio y empezamos el recuento de los votos. En la mesa que fiscalicé votó aproximadamente el 68% del padrón.
Como buena ansiosa que soy le había pedido a mi mamá y a mi novio que me mantuvieran al tanto por sms de las tendencias y las primeras boca de urna.
De entrada se supo que mi candidato y que el partido por el cual yo fiscalizaba había perdido.
Pero eso tampoco en ningún momento opacó la felicidad que tenía. Era sentir que había cumplido con un deber. Es inexplicable lo que se siente cuando se van abriendo los sobres y van saliendo las boletas. Esos papeles que hasta las 8 de la mañana eran sólo listas ahora 10 horas después se convierten que los que legislarán los próximos años. Me animo a decir que hay cierta alquimia en cada proceso electoral.

Por suerte, el recuento de votos fue muy claro. Dieron bien todos los números: misma cantidad de sobres que de votantes, misma cantidad de votos que de sobres. Y sólo 2 votos en blanco y 2 votos nulos.

A las 20.30hs terminamos las tareas y me fui rápidamente a mi casa a seguir el conteo por tv.

Había sido un largo día y estaba cansada. Cerca de la medianoche, más de 5 horas después del cierre de la votación y con todas las tendencias confirmadas me fui a dormir.

Más allá de los ganadores y perdedores, creo que sería sano que cada uno de los candidatos repasara sus números. No siempre los ganadores son tal en el sentido más estricto de la palabra. Muchas veces, sobre todo en los últimos años, en Argentina nos acostumbramos a votar más ‘en contra de’ que ‘a favor de’. Y si bien hay un partido que lleva nominalmente más votos que otros sería interesante revisar de dónde vienen esos votos. Por qué la gente vota a uno y no a otro?
Ahora que ganaron, qué harán con ese triunfo?

Un ejemplo es la provincia de Buenos Aires que fue históricamente un bastión peronista y sorpresivamente ‘el’ candidato peronista perdió.
Creo que muchos, sobre todo en el interior, votaron en contra de. Muchos quizás no estén al tanto de otras propuestas partidarias, pero sí sabían que querían votar en contra de uno en particular.

Ahí queda el otro análisis para hacer. Por qué pierden los que pierden? Qué pierden en cada caso? Es posible ganar a pesar de haber perdido? Es posible capitalizar las derrotas?

Estoy convencida que, a pesar de todas las falencias en general y en particular, la democracia es el mejor de los sistemas de gobierno. La democracia argentina es joven, débil, sus representantes no están siempre a la altura de los acontecimientos pero ahí vamos. Ojalá en cada elección elevemos la calidad del voto. Y eso se consigue sin duda teniendo mejores candidatos: más honestos, más comprometidos, con más trayectoria, con más propuestas y que no se queden en la comodidad de un cargo sino que entiendan lo que su cargo representa y le hagan honor al mismo.

Creo que hay que votar siempre que haya elecciones.
Nada debería ser excusa para que no votemos. Mal o bien es una de las maneras legítimas y legales que tenemos de hacernos escuchar.
No nos puede dar lo mismo votar o no votar. No nos puede dar lo mismo votar por uno que por otro.
Debemos y tenemos que votar con convicción. Y si en algún momento nuestra convicción es que nadie, nadie, nadie puede representarnos entonces manifestémoslo también.

Pero no nos callemos. Votemos.
Y ojalá, para las próximas elecciones las 48 horas de veda no nos alcancen para estudiar tantas propuestas diferentes.

Yo voté y como cada vez que me tocó hacerlo, lo disfruté. Y disfruté aún más sabiendo que las elecciones fueron en paz, que se respetaron los resultados y deseando que a partir de ahora las cosas mejoren.

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