Ya escribí un artículo sobre como dejé de leer el periódico en papel y anulé mis múltiples suscripciones. Bueno, este post tiene que ver con el tema de que ya casi no hablo por teléfono.

No sé realmente como explicarlo, pero, en general, no me gusta hablar por teléfono a menos de que se trate de personas muy pero muy cercanas a mi. Si no me comunico por e-mail, Twitter (aunque en ese caso es más unidireccional), Facebook (que ofrece todo tipo de maneras) y este blog.

Supongo que algo tiene que ver que los cabrones de Vodafone me matan cuando uso el teléfono móvil en España y ni que hablar de cuando lo uso viajando (viajo la mitad de mi vida). Quizás son ellos los que luego de enviarme una serie de facturas por más de 2000 euros me obligaron a pensar antes de usar su timo-servicio. Pero así como le ocurrió a El País, que luego que trataron de cobrar por usar su servicio en Internet la gente se pasó y quedó con El Mundo, a mi cuando Vodafone decidió timarme menos y bajar algo el costo del roaming yo ya me había acostumbrado a usar el Blackberry.

Aclaro que rara vez uso el sms porque odio las limitaciones del formato. Casi todo el mundo que conozco tiene Blackberries, incluyendo la gente que trabaja conmigo y mi hija mayor y me comunico muchísimo con el Blackberry. Uso un Blackberry de T Mobile y que me cuesta solo 60 dólares por mes con roaming global. Puedo usar todos los datos que quiera en mi BB con esa tarifa.

Pero mas allá de las consideraciones económicas, no me gusta el uso del teléfono. Me parece mal que el último que te llama tiene prioridad de interrumpirte. Si alguien quiere hablar conmigo de trabajo les pido que me escriban antes. Tampoco me gusta interrumpir a los demás. Si es cuestión de hablar prefiero Skype que te dice si el otro está listo para hablar contigo.

Así es que he limitado el uso del teléfono sólo para temas afectivos. Hablo con mis hijos, con Nina en los raros momentos que no estamos juntos y con muy poca gente muy querida. La gente que trabaja conmigo sabe que prefiero los mails y/o las reuniones en persona.

Mi hijo Leo, de dos años, detesta el teléfono porque se enoja que la otra persona no está. Porque la la escucha, pero no la siente. Lo entiendo.

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