Es cierto, la frase “trabajo digno” está bastante trillada. Pero creo que es una de esas frases que estamos acostumbrados a oír y que nunca (o pocas veces) nos detenemos a analizar. Creo que el trabajo es el objetivo del milenio más importante ya que si la gente no trabaja nunca se van a conseguir todos los otros objetivos.  Sin embargo resulta muy curioso que cuando los miembros de las Naciones Unidas se sentaron a escribir los objetivos del Milenio no incluyeron que todos los habitantes del planeta tengan un trabajo.  Francamente este olvido me parece típico de políticos que no entienden realmente de donde viene la riqueza humana.   Pero claro,  cuando digo trabajo, estoy hablando de un trabajo decente (40 horas por semana, en blanco, con un salario que alcance para vivir como vive la gente en los países industrializados), no del trabajo que todavía existe en muchas partes del mundo, que puede considerarse – lisa y llanamente – explotación.

A pesar de que los Objetivos del Milenio no lo incluyan, el trabajo decente es el mejor medio para escapar de la pobreza y el eje fundamental del desarrollo y, especialmente, del desarrollo sostenible. Porque es la cadena fundamental del proceso de creación de riqueza y la forma más digna de salir adelante. Ya que no hay mayor orgullo y compromiso de acción que aquél que resulta del bienestar logrado por el propio esfuerzo y no por la beneficencia o caridad de los demás (en este caso, las ayudas de los organismos de cooperación internacional).

Pero, ¿qué entendemos cómo “trabajo decente”? Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el trabajo decente resume las aspiraciones de los individuos en lo que concierne a sus vidas laborales, e implica oportunidades de obtener un trabajo productivo con una remuneración justa, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias, mejores perspectivas para el desarrollo personal y la integración social, libertad para que los individuos manifiesten sus preocupaciones, se organicen y participen en la toma de aquellas decisiones que afectan a sus vidas, así como la igualdad de oportunidades y de trato para mujeres y hombres.

¿Y cómo está el mundo en términos del trabajo decente? Bueno, la verdad es que muy mal. 600 millones de personas activas en el mundo (22% de la fuerza de trabajo mundial) tienen jornadas laborales de duración “excesiva”. Cerca de la mitad de los trabajadores no ganan lo suficiente para levantarse a si mismos y a sus familias por encima del umbral de la pobreza de 2 dólares al día por persona. Al menos la mitad de los trabajadores en todas las regiones del mundo desarrollo están empleados de manera informal (en los países menos adelantados de África este grupo representa del 70 al 80 % del total de la economía no agrícola).Sólo el 20% de la población mundial tiene una adecuada cobertura social y más del 50% carece de todo tipo de cobertura. Esto quiere decir que no tienen acceso a seguros de salud o desempleo, invalidez, enfermedad, riesgos laborales, maternidad o viudez.

Es por esto, por este escenario tan crítico, que estoy plenamente convencido de que los objetivos del milenio deberían apuntar al trabajo digno como meta principal. Es decir, al trabajo decente como vínculo entre la eficacia social y la económica. Porque, además de promover el desarrollo social, ya se ha demostrado que lo que hace que el trabajo sea decente también puede aportar dividendos económicos.Los modelos de gestión desarrollados en el sector minorista de los Estados Unidos, por ejemplo, indicaron que un mayor grado de satisfacción y compromiso del personal constituye la clave para el aumento de la satisfacción del cliente, y que la aplicación de este modelo produce incrementos sustanciales en las ventas. En este sentido, el trabajo decente promueve tanto a la justicia social como al desarrollo económico. Más aún: es una forma de alcanzar el desarrollo económico a través de la justicia social.

Es entonces fundamental que los países formulen políticas nacionales y locales que favorezcan este tipo de empleo. Para ello, es indispensable también la promoción de las inversiones y la modernización de la economía, el combate a la corrupción y la promoción de las instituciones democráticas de gobierno, el fortalecimiento de la salud y la educación, y la modernización de las burocracias y los sistemas judiciales. Está claro: estas metas están en las agendas de todos los organismos de desarrollo. Pero el punto es (salvo la OIT) ninguno hace referencia de forma directa la consecución del bienestar a través del trabajo digno. Y, desde mi punto de vista, esa es una estrategia decisiva para el progreso.

Con la colaboración de Maria Frick

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