Bueno, finalmente lo hice. Después de tantos años en los que me ofrecieran invertir en cine o teatro, decidí probar mi suerte en este rubro. No lo hice tanto por amor al dinero, sino por amor al arte.

La propuesta vino por parte de mi amigo Pablo Larguía, que había comprado el Teatro Lara y le faltaban fondos para reformarlo y producir su primera obra: La Curva de la Felicidad. Me contagió su entusiasmo e invertí en el proyecto hace unos meses. Anoche fue el estreno de esta comedia y debo reconocer que no iba con mucha confianza.

Todos sabemos que en el mundo del teatro y del cine, la gran mayoría de las obras y de las películas son un fracaso. Aunque en general soy optimista, la idea de ser en parte “dueño” de un fracaso me preocupaba.

¿Qué pasa si no me gusta la obra? ¿Tengo que aplaudir igual? En el universo de las angustias, ésta era comparable a la de qué pasa si hago mi fiesta de cumpleaños y nadie viene, o qué pasa si me hacen justo la pregunta del examen que no llegué a estudiar. En el momento en que me dirigía al teatro me atacó una pregunta: ¿las estrellas son estrellas porque brillan o porque frecuentemente se estrellan? No tenía respuesta.

Al llegar no tuve tanto tiempo para preocuparme de estas cosas, ya que muchas otras estrellas del cine, del teatro y de la política española estaban en el teatro. Entre otras, estaba Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, que se sentó a mi lado.

El comienzo de la obra se retrasó un rato. Al parecer, Mariano Rajoy -líder de la oposición española- llegaba tarde y alguien decidió esperarlo para comenzar con la función. Pero el retraso de media hora creó aún más expectativa. No sólo se estrenaba la obra, sino que ésta significaba también la re-inauguración del mismo teatro que acababa de ser renovado luego de 125 años de actividad.

Antes de dar comienzo a la obra, Pablo Larguía salió al escenario transmitiendo mucha energía y entusiasmo, a la vez que se refirió a los actores que interpretarían la obra -liderados por Pablo Carbonell-como “4 monstruos”. Yo pensaba “espero que en este caso monstruos sea algo bueno” y seguía hundido en mis dudas.

Al comenzar la obra presté poca atención. Seguía pensando en términos de éxito y fracaso, en el valor de los actores que salen a escena, estrenan una obra y no saben si van a ser ignorados, criticados o alabados. Para colmo, en la obra los personajes eran unos perdedores cuarentones que parecían equivocarse al girar en cada esquina de la vida. Tampoco ayudaba Esperanza Aguirre, que frecuentemente consultaba los mensajes en su móvil, hecho que me distraía.

Fue quizás a los 10 minutos de que comenzara la obra cuando empecé a reir, y reir, y reir. De repente lo tuve claro, clarísimo, y me di cuenta de que la obra era un éxito, que estos “perdedores” en el escenario eran “ganadores” en la vida real y que la obra era todo lo que prometía.

Pero cuando me reía al escuchar a Pablo Carbonell extrañar perdidamente a una mujer que lo abandonó por ser gordo, calvo y no tener dinero, ya no me sentía Martín el socio, Martín el inversor, Martín el amigo de Pablo preocupado por su destino. Pasé a ser Martín el espectador, el que se reía sin parar al ver una comedia neorrealista al mejor estilo Arte. Ya no me preocupé más del éxito o del fracaso y terminé totalmente envuelto en los personajes de la obra, junto al resto del público y a Esperanza Aguirre, que parece haber pasado por un proceso similar, porque dejó su móvil y comenzó también a reír.

Lejos quedaron mis tontas angustias y lo que siguió fue el disfrute del buen teatro, que con sus tres dimensiones siempre llegará más lejos que el cine.

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