Tengo 46 años y estuve en terapia psicoanalítica desde los 19 años a los 23, desde los 28 a los 31 y desde los 37 a los 41. Aunque soy argentino, mis dos primeras terapias fueron con el Dr Leon Chattah, en Nueva York y la tercera con la doctora María Luisa Muñoz, en Madrid. Estuve también muchos años ligado al psicoanálisis porque mi primera esposa, Patricia Aisemberg, es psicoanalista. En general, mi posición sobre el tratamiento psicoanalítico es que es una lenta, cara, pero en mi caso una buena experiencia. Sin embargo, para la mayoría de la gente el psicoanálisis no es una opción y por lo que he podido investigar en la red, las sesiones de diván, son una especie en extinción.

Advertencia para los que critican mis artículos largos: este es largo.

En 2005 salió a la venta un libro que reavivó una vieja discusión: ¿es bueno el psicoanálisis? En “El Libro Negro del Psicoanálisis”, más de 40 especialistas, entre médicos, historiadores de la ciencia y hasta psiquiatras explican por qué no. El alegato es muy concreto: “¿Y si Sigmund Freud fuera un charlatán, los psicoanalistas unos irresponsables ególatras, el psicoanálisis una farsa y la historia de la disciplina y sus éxitos un tejido de mentiras?” Yo no quiero ir tan lejos, pero estoy de acuerdo con uno de sus argumentos: el psicoanálisis está desapareciendo.

El psicoanálisis sólo perdura hoy en Francia y en Argentina, mientras que en el resto del mundo se ha vuelto un tratamiento marginal y su “historia oficial” ha sido puesta en tela de juicio por varios estudiosos. Como explica Jacques Degion, se ha comprobado que la base de la toxicomanía es “neurobiológica” y que, por consiguiente, al insistir en las terapias verbales e impedir el desarrollo de tratamientos médicos de substitución, los psicoanalistas provocaron “una catástrofe sanitaria” y, por ende, “contribuyeron a que murieran miles de individuos”.

Por supuesto que el psicoanálisis no actuó de mala fe, sino que su evolución sigue los pasos de cualquier disciplina: avanza y retrocede en sus conceptos y metodologías en la búsqueda de su consolidación y perfeccionamiento. Pero sí creo que los psicoanalistas han actuado con “fe ciega” al punto que – luego de años de escuchar hablar a psicoanalistas en ambientes sociales – me parece que actúan como una nueva religión que propone ideas que la mayoría de la gente no cree.

Lamentablemente, no creo que ni en Argentina ni en Francia – por ejemplo – estas nuevas ideas hayan generado algo distinto a lo que en otras partes del mundo se ha estudiado en profundidad y – en muchos casos – rechazado. Porque lo cierto es que, más allá de que nos guste o no, el psicoanálisis logró ocupar una posición dominante en el universo de la salud mental, construyó hipótesis y centró en el diván la solución de casi todos los problemas cuando, en realidad, ha demostrado una pobre eficiencia en el tratamiento de muchas patologías y una casi nula rigurosidad científica.

Sin embargo, que cuestione el espacio que ha ocupado hasta el momento el psicoanálisis, no quiere decir que crea que debe desaparecer. Como yo mismo he experimentado, el psicoanálisis es útil en algunas ocasiones. A mí, por ejemplo, me sirvió para decidir mi carrera, armar pareja, tener hijos, y superar los traumas del asesinato de familiares y la emigración forzada de Argentina. Pero el psicoanálisis es una terapia cara ya que los 200 mil euros que gasté yo durante años analizándome están fuera del alcance de la mayoría y la enorme cantidad de tiempo invertido requiere una flexibilidad de horarios que pocos tienen.

A este punto creo que para no extinguirse completamente y ayudar a las personas en lo que le sea posible, el psicoanálisis debe cambiar su estrategia de marketing. Y para explicar mi punto me atrevo a hacer una analogía con el cristianismo o el judaismo. Así como la religión llama a todos sus posibles clientes pecadores, el psicoanálisis los llama enfermos. Pero creo que – afortunadamente – el masoquismo generalizado que llevó a la mayoría de la gente hace siglos a declararse pecadora con la religión, por lo menos en Europa, ya ha acabado; lo mismo que el masoquismo psicoanalista que hace décadas deja que la gente se declare. Ahora la gente no se siente ni pecadora ni enferma y es así como los curas y los psicoanalistas en la mayoría de los países de Europa se están quedando sin clientes.

Creo que el consenso general es que el psicoanálisis es una terapia eficaz justamente en los casos menos severos de gente que realmente no está enferma. Donde más sirve el psicoanálisis es para ayudar a la gente normal, a mejorar en la vida. Por lo que estoy convencido de si los psicoanalistas cambiaran su estrategia les podría ir mejor. La gente quiere conocerse a sí misma, y muchos cargan con tristezas y angustias que quisieran resolver. Pero, a la dura vida del mundo moderno el psicoanálisis agrega: “estás enfermo” y ahí aliena a sus posibles clientes. Al decir que uno tiene un grave problema que nace en su primera infancia y que únicamente se puede resolver con años de sesiones, no es sorprendente que la gente diga “paso” o “no gracias”. En un mundo acelerado y difícil como el de hoy, casi nadie tiene tiempo ni dinero como para internarse en los complicados caminos del psicoanálisis.

Aunque estoy de acuerdo con los psicoanalistas en que no hay curas milagrosas y que hay heridas que sólo pueden curarse con años de tratamiento y haciendo ver al paciente una y otra vez como comete los mismos errores, creo que llamarlo enfermo y ponerlo en una postura de “pecador” es un grave error. Si yo tuviera algo que ver con el mundo psicoanalítico, propondría un cambio generalizado de la postura de la profesión: en lugar de tratar de enfermo a una persona que nadie más trata de enfermo en la sociedad, proponerle a esa persona que puede mejorar con lo que sería más un “entrenador emocional” que un doctor. Creo que el psicoanálisis tiene que reconocer que realmente fracasó al tratar a la gente como enferma y que sus casos de éxito son gente como yo, que nunca estuve muy enfermo ni ahora estoy especialmente sano, sino que antes estaba peor y ahora estoy mejor.

Es por esta “falla de marketing”, justamente, que existe un auge de las terapias breves. Los nuevos enfoques terapéuticos, desprendidos de teorías cognitivas y conductuales, de la práctica de la “new age” y hasta de movimientos espirituales, cada vez ganan más adeptos. Porque, si bien muchas de ellas tienen un pie en el psicoanálisis, estas terapias apuntan al síntoma y resuelven problemas urgentes en un corto plazo. Y porque – a pesar de que el psicoanálisis las acusa de ser parches superficiales – dan en muchos casos resultados concretos.

Tal como fue relevado por El Clarín, en Argentina, por ejemplo, la crisis del 2001 detonó la demanda de terapias alternativas. Desde entonces la demanda creció cerca de un 50% y la cantidad de consultas no baja. Muchas obras sociales y prepagas comenzaron a cubrir terapias cortas y existen opciones gratuitas y varios lugares que trabajan con bonos contribución. En tanto, en los hospitales porteños – por ejemplo – atienden a más de 70.000 personas por año que hacen psicoterapia, musicoterapia y terapia grupal.

Lo que le pasó al psicoanálisis de vuelta es algo parecido a lo que le pasó a la religión católica que pasó de tener el casi monopolio de la espiritualidad a competir con muchas alternativas que son todos los grupos cristianos no católicos, menos rígidos pero no por eso menos religiosos. Y es que lo que sucedió luego de la enorme crisis económica del 2001 es que mucha gente necesitaba ayuda pero no estaba enferma – al menos clínicamente. Después de que le robaron sus ahorros y perdió su casa o su empleo, es muy posible además que no tuviera tiempo, dinero ni ánimos suficientes como para indagar en su relación con sus padres. Lo que necesitaba era canalizar su angustia y no derrumbarse ante lo que sucede; una ayuda concreta en un momento específico. Así como la rigidez del Vaticano le llevó al catolicismo a perder a la mayoría de los cristianos la rigidez del psicoanálisis le llevó a esta disciplina a perder la mayoría de los pacientes.

Es justamente este tipo de situaciones las que están hiriendo de muerte al Psicoanálisis, incluso en un país tan freudiano como Argentina. La gente necesita saber que lejos de estar enferma, está sana y puede salir adelante a pesar de las dificultades; necesita un “coach” emocional, una ayuda. Es por eso, justamente, que el psicoanálisis está desapareciendo. Porque la gente quiere ayuda de una forma rápida, accesible y no quiere que los traten de enfermos por pedirla.

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