Muchos fuera de China, y especialmente en USA creen que este país es un peligro para el mundo. Especialmente, porque China ha aumentado y sigue aumentando enormemente su gasto militar y porque han avanzado muchísimo en tecnología militar (recientemente tiraron un satélite con un misil). Yo creo que el verdadero peligro que representa el desarrollo chino tiene otras raíces: China es un peligro para el mundo porque, en su desenfrenado crecimiento, está malgastando los recursos naturales del planeta.

Si bien el crecimiento de China es una gran fuerza imparable, su relación con Occidentes es sostenible, especialmente en el caso de Estados Unidos. China crece a costa de producir barato, por lo que necesita seguir produciendo, y Estados Unidos, que se guía por precios bajos, compra mucho de China. Por lo que si Estados Unidos deja de comprarle, producirían un caos social en China. Y si China deja de producir barato, produciría un caos económico en los Estados Unidos. Por lo que si bien es posible que China siga creciendo y se convierta muy pronto en la segunda superpotencia económica y militar, es de esperarse que respete este equilibrio internacional.

Sin embargo, el mayor peligro que presenta China no está en el área militar o económica sino que es ecológico. Ya he desarrollado este punto en otros artículos, pero dado mi reciente viaje a Asia, me gustaría retomar el tema. Especialmente, porque me quedé impresionado ante los patrones de consumo chino.

En la China de hoy, la revolución cultural ha sido ahogada por la revolución del consumo. Los jóvenes, particularmente, aparentan ser completamente ajenos a su pasado reciente y estar viviendo una vida crecientemente americana. Aquél Starbucks de la Ciudad Prohibida que finalmente sacaron, era sólo una muestra, un botón, de lo que sucede en la China actual. McDonald’s, Kentucky Fried Chicken, Subway, Pizza Hut y Starbucks están por todas partes. La moda, los cosméticos y los perfumes occidentales son sumamente populares y sus propagandas invaden los espacios públicos. Y es muy, pero muy fácil encontrar toda clase de productos americanos en los supermercados locales.

Da la sensación de que al mismo tiempo que ingresan masivamente, los productos americanos y las películas de Hollywood cambian drásticamente los patrones de consumo y el estilo de vida chino. Al punto que pareciera que los chinos sueñan con ser occidentales. Los miles de Buicks, BMWs, Citroens, Passats, Toyotas y Hondas que circulan por las atestadas carreteras parecen querer alcanzar el “american dream”: llegar del trabajo por una autopista a una casa grande y calefaccionada. Así viven hoy los chinos ricos: como americanos ricos.

Lo que sucede en China es que la globalización – como en muchos otros lugares – ha llevado a la “americanización”, en el sentido de la generalización de una expectativa de calidad de vida inspirada en la cultura y el estilo de vida americano. Pero lo que sucede es que, más allá de toda consideración cultural, el punto es que este estilo de vida es el más costoso del mundo en términos ecológicos y – en consecuencia – el más peligroso si es adoptado masivamente. Como bien se explica en la última edición de Economist, éste no es un modelo sostenible para China ni para el mundo, porque si los chinos comienzan a consumir como los americanos, no nos alcanzarían los recursos del planeta para alimentar su demanda.

Personalmente, creo que el modelo sostenible para China es el de Japón. Si bien China tiene por motivos históricos una actitud negativa hacia este país, su modelo de desarrollo puede serle muy útil. Especialmente porque Japón tiene el quinto Producto Interno Bruto (PIB) del planeta con una huella ecológica susceptiblemente menor a la americana (4.4 puntos versus 9.6). Si se mide en términos del consumo de energía, por ejemplo, Japón es más eficaz que Estados Unidos: tiene uno de los productos per cápita más altos del mundo, pero contamina mucho menos que Estados Unidos.

Una de las formas de ver esta diferencia en la eficiencia energética de los países es a través del indicador “intensidad energética”. Este refiere a relación entre el consumo total de energía primaria nacional o el consumo de energía final y el producto interno bruto. En otras palabras: en la eficiencia en el uso de energía para la generación de riqueza. Una mayor eficiencia en el uso de la energía disponible puede prolongar la duración y aprovechamiento de los recursos energéticos agotables. Adicionalmente, una mejor eficiencia energética conlleva menores emisiones de C02 y otros contaminantes al utilizar combustibles fósiles.

El World Resources Institute mide la intensidad energética in tonnes (metric tons) of oil equivalent (toe) per million constant 2000 international dollars. Según estas mediciones, los valores para Japón, China y Estados Unidos serían, respectivamente: 154.0, 231.3 y 221.7. Es decir que Japón tiene una mayor productividad energética: produce más PIB por unidad de energía consumida. Y, por ende, es un modelo de producción más sustentable en términos ecológicos.

Esto no es producto del azar sino de un consciente y mantenido esfuerzo del gobierno y los ciudadanos japoneses. Desde 1967, y tras las crisis del petróleo en la década del 70, Japón tomó serias medidas de largo y mediano plazo que le permitieran aumentar la productividad energética. Restringió el consumo de petróleo, creó nuevos mecanismos de acopio de energía e invirtió en la investigación y desarrollo de energías alternativas.

La creación de tecnología de ahorro energético hizo que la industria japonesa se volviera mas eficiente en su consumo de energía; el mejoramiento del transporte público y las limitaciones a los usos de coches redujeron notoriamente el consumo energético; y la promoción de energías alternativas disminuyó en casi en un 20% la demanda de petróleo. Además, Japón se ha convertido en una referencia mundial en el área de energías alternativas. Como resultado, el país ha logrado reducir su intensidad energética y aumentar la productividad en su consumo.

China, por el contrario, está siguiendo un modelo de crecimiento económico inspirado en el americano, que no es sustentable en términos de desarrollo. El crecimiento chino se esta realizando con un inmenso desperdicio de energía: tiene un PBI casi similar al de Estados Unidos, pero un nivel mucho más alto de intensidad energética. Actualmente, es el segundo consumidor de energía del mundo y – de mantenerse su patrón de consumo – se espera que en 25 años su demanda supere en un 50% a la de Estados Unidos y se convierta no sólo en el principal consumidor a nivel mundial sino también en el principal emisor de dióxido de carbono del planeta.

Es por estas tendencias que creo que el peligro chino no es militar sino ecológico. Y que no afecta únicamente las relaciones internacionales o el equilibrio Oriente- Occidente sino que afecta las posibilidades de salud y desarrollo de todos los seres humanos. El verdadero peligro de China es la intensidad de su consumo de recursos. Es por ello que, en su camino al crecimiento y al desarrollo, creo que China debe mirar a sus vecinos. Más allá de las diferencias históricas y culturales, lograr una ecuación de crecimiento similar a la japonesa puede ayudar a China a desarrollarse de una manera más sostenible, tanto para los chinos como para el resto de los habitantes de este planeta. Incluso, me arriesgaría a pensar que mirar a Asia en lugar de a Norteamérica, puede ayudar a China a lograr un proceso de incorporación en lo global que no arrase con sus características culturales más típicas. Es decir, que logre – como todos los países en esta era global – un equilibrio entre lo global y lo local propio. Que para una cultura milenaria y rica como la china, la globalización signifique riqueza y no meramente consumo y americanización. Agradezco a Maria Frick por su colaboracion en este artículo.

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