Hoy se conmemora el triste quinto aniversario de la masacre del 11 de Septiembre y me encuentro con este curioso artículo de la revista Foreign Policy, que dirige el genial Moisés Naim, y que me hizo pensar mucho.

La idea principal de William J Dobson, el autor, es que uno de los mitos más grandes del 11 de Septiembre es que “todo cambió”, que la gente viaja menos, que Estados Unidos se cerró y no da visas, que los mercados financieros fueron dañados de una manera considerable, que el comercio mundial empezó a retroceder. Pero lo original del artículo es que se dedica a destruir estos mitos punto por punto y con información bastante fiable.

Pensando en los familiares de los muertos del 11-S creo que la opiníon de Dobson puede ser interpretada de dos maneras diferentes. La primera, como una falta de respeto hacia ellos para quienes TODO cambió, aunque no creo que es la intención del escritor cuando dice que el 11-S es el “día que no cambió nada”. La segunda, menos obvia pero quizás más feliz, es que el “mundo siguió andando” –como decía el tango– y eso no es malo ya que en ese sentido, los terroristas no triunfaron.

Pero la óptica de que nada pasó es muy diferente a la que se refleja en la novela que estoy leyendo y que espero que traduzcan pronto al castellano, llamada “Extremely loud and incredibly close” (algo como “cercano y ruidoso”), en la que la tragedia del 11-S se vive desde los ojos de un inteligentísimo pero muy triste niño de 9 años. El terrorismo es así, para los que no le toca es una teoría, para los que les toca y sobreviven es un dolor cotidiano que no cesa.

Ahora también los muertos civiles de las invasiones a Afganistán e Irak, o la reciente invasión de Israel a Líbano, tampoco están con nosotros y somos muchos los que nos preguntamos si las políticas de Estados Unidos e Israel no han agravado el fenómeno a nivel internacional. El resultado que comenta Dobson –que hayan habido más de 18.000 muertos en atentados terroristas desde el 2001, pero sólo 8 en Estados Unidos– es para mi una señal de que mucho sí cambió el 11S y fue que Estados Unidos sobrereaccionó e hizo de un problema grave otro mucho peor que, por ahora, se manifiesta donde puede: en Medio Oriente, en Madrid y en Londres.

El terrorismo necesita de jóvenes furiosos para crecer como fenómeno. Las políticas de Estados Unidos e Israel han hecho que gente marginada, como Osama Bin Laden o Nasralla, sean hoy ídolos de multitudes aumentando el peligro de que el próximo 11-S sea aún mucho más devastador. Así es como los próximos Mohammed Attas nos pueden llegar armados, no con 100 toneladas de combustible, sino con un dispositivo nuclear.

Sea como sea, Europa, Estados Unidos e Israel tienen que encontrar una manera de tratar con el fenómeno del terrorismo sin agravar el problema que tratan de solucionar.

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