Tengo tres hijos en el colegio. Van a un colegio inglés, en Madrid. Veo lo que estudian. Es un poco mejor que lo que yo estudiaba en el Nicolás Avellaneda en Buenos Aires, pero no lo suficientemente mejor. A veces, cuando les ayudo a hacer los deberes pienso que la educación, como la comida o los remedios, tendría que venir con fecha de caducidad.

Simplemente hay muchas cosas que ya no tendrían que enseñarse más y muchas otras que sí deberían comenzar a enseñarse y aún no se enseñan. ¿Quién hace los programas de estudio? Lo peor de esto es que me pone en una situación incómoda como padre. Me cuesta mentirle a mis hijos cuando vienen a decirme que algo les parece aburrido o irrelevante. Por un tiempo les decía que lo que aprendían era importante. Pero basta con la hipocresía. Ahora no les cuestiono su juicio, sino que simplemente les digo que, si en algo han acertado los colegios en la elección del temario, es en bajar las expectativas a los chicos sobre lo interesante que puede ser la vida profesional de muchos cuando sean adultos. Los entrenan para soportar el aburrimiento, la rutina. “¿Te aburre? Es a propósito, les digo, para que aprendas lo aburridos que son la mayoría de los trabajos de los adultos. Así, cuando llegues a hacerlos no te desilusionarás“. Pero luego me doy cuenta de que no me satisface la respuesta. Y de que sufro por la enorme pérdida de tiempo y de oportunidad de despertar la curiosidad, que es una gran parte de la educación entre los 5 y 17 años.

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