Este sábado tuve la rarísima oportunidad de almorzar junto a Warren Buffet y su esposa Astrid y a Bill Gates y su esposa Melinda. Mientras mi esposa y yo comíamos con ellos recordé que ya no son ellos los dos hombres más ricos del mundo. En Marzo de este año, la revista Forbes – que cada año realiza un listado con las grandes fortunas del planeta – destacó a Carlos Slim como la segunda persona más rica de la Tierra. Slim desbancó de ese lugar, después de siete años, al estadounidense Warren Buffet. Ahora, según la revista Business Week, la fortuna del magnate de las telecomunicaciones ya alcanza los 67.800 millones de dólares, contra los 59.000 millones del fundador de Microsoft. Parece ser que la fortuna de Carlos Slim superó a la de Bill Gates y lo puso en el lugar que Gates ha mantenido por algún tiempo: el del hombre más rico del mundo. La revista Forbes difundirá su ranking actualizado en Septiembre, pero me interesa mucho esta historia. Porque creo que si bien puede ser un orgullo para México tener a la persona que a creado la mayor fortuna del mundo trabajando desde México, la historia de Slim puede ser considerada como una prueba de dos desgracias mexicanas: la pésima distribución de la riqueza y la capacidad de Carlos Slim para alcanzar con Telmex un nivel monopólico que causa un enorme daño a los consumidores mexicanos.

Carlos Slim Helú Aglamaz se inició en los negocios a los ocho años, cuando su padre le pidió que lo ayudara en la Orient Star, la tienda de la familia así llamada en honor de sus raíces en Medio Oriente. Después de recibirse de ingeniero civil, heredó importantes bienes raíces de sus padres y desafió entonces la opinión convencional para zambullirse en un frenesí de adquisiciones. Esta carrera, que hasta ahora no se ha interrumpido, se inició en 1965 con la embotelladora Jarritos del Sur, pero el despegue llegaría a fines de los 70. Sus activos se integraron en el Grupo Galas S.A., rebautizado más tarde como Grupo Carso, que opera en actividades tan disímiles como grandes tiendas, restaurantes, bienes raíces, hotelería, materiales de construcción, minería, química, tabaco, metalurgia, autopartes y ferrocarriles. Posteriores inversiones darían lugar a la formación de dos nuevos holdings: Grupo Financiero Inbursa, dedicado a operaciones de bolsa, banca, seguros y administración de fondos de pensión y Carso Global Telecom, que concentra las compañías relacionadas con telecomunicaciones e Internet. En la década del 80 arribaron más de treinta empresas, incluyendo nombres de prestigio como Industrias Nacobre, Hoteles Calinda, Grupo Condumex e Inmuebles Cantabria. En ese período, una de las operaciones mas exitosas de Slim fue la adquisición del paquete mayoritario de la tabacalera Cigatam, fabricante de Marlboro en México, de la cual vendió el 50% a Philip Morris, a cambio de una participación accionaria y un lugar en el directorio de esa firma estadounidense. El broche de oro fue la compra de la cadena Sanborns, que incluía restaurantes y venta de regalos, perfumería, discos y libros, a la que se agregarían en los años 90 las tiendas departamentales Sears y las tres distribuidoras de discos más grandes del país.

Pero su nombre superó el ambiente empresarial en 1990, cuando ganó la licitación por la privatización del monopolio estatal Teléfonos de México (TELMEX), asociado con France Telecom y Bell Canada. Carlos Slim compró Telmex durante las privatizaciones del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. La venta fue hecha a través de una subasta “pública” y a pesar de que varios grupos extranjeros ofrecieron cantidades mayores, dado que uno de los requerimientos determinantes era que la propiedad mayoritaria quedara en manos mexicanas el Grupo Carso, cuyo socio mayoritario es Carlos Slim, ganó la licitación y desde entonces controla el monopolio de las telecomunicaciones en México. La empresa es ahora la más grande del país, controla el 90% de las líneas fijas y tiene ahora una capitalización de mercado de más de $20 mil millones.

Las empresas que tiene hoy Slim abarcan además diversas áreas. En 1997, Slim adquirió acciones de la empresa informática Apple Computer, justo antes del lanzamiento de iMac, logrando multiplicar su fortuna. Y adquirió Prodigy (un proveedor norteamericano de Internet) convirtiéndolo en un poderoso servidor de diversos servicios de Internet hasta lograr una alianza con MSN lanzando un portal en español junto con el apoyo de Microsoft. Slim es además Presidente de Comertel Argos, Red Uno, Uninet, Sanborns, Teleco, América Móvil, SEARS, Telcel, Codetel, Bachoco, Cigatam, IMTSA – Impulsora Mexicana de Telecomunicaciones, Dorian’s, Inbursa, Cigarrera social de Altria, concesión en México de SAKS FIFTH AVENUE. Y es accionista de Herbalife, Televisa, Compusa, Soulkeeper-company, Volaris, Ix-informática, Mixup y Coca Cola. Para tener una idea de lo que esto significa basta leer “Un día sin Slim”.

Lo sorprendente es que si bien México le está quedando chico y su crecimiento debe continuar fronteras afuera, una de las características de la fortuna y la historia de Slim es que hizo su fortuna “puertas adentro”. Hace veinte años, cuando la economía mexicana vivía épocas turbulentas que llevaron a muchos hombres de negocios a abandonar el barco y buscar en las divisas extranjeras su tabla de salvación, Slim decidió a apostar por/ en México. Aprovechó la liquidación de activos y en pocos años había sobrepasado con creces el patrimonio de los más opulentos empresarios mexicanos, cuyas compañías había comprado a precios considerablemente bajos y, en muchos casos, moribundas. Por su habilidad para revivirlas y por el poderío alcanzado se lo conoce como Rey Midas (aquel que convertía en oro todo lo que tocaba) o como emperador azteca. Otra de las características de Slim es que se destaca en el mundo de los magnates porque ningún otro multimillonario del planeta ha podido acumular tanto dinero en tan pocos años: en 2003 tenía una fortuna de 7,400 millones de dólares, pero en la lista de 2006 aparecía con 30 mil millones, lo que le significó escalar del puesto 35 al tercero en la lista de los más ricos en sólo tres años.

Lo que a mí me incomoda de esta historia, justamente, es la combinación de estas dos características: el gran poder monopólico alcanzado tan rápidamente y el hecho de que lo haya hecho en un país como México donde hay tanta pobreza. Hace dos años hice un viaje por la costa Pacífica de México y la pobreza que vi era desoladora, chicos descalzos, casas de barro, algo que no se ve en paises como Uruguay por ejemplo. No es que no crea que México no ofrece buenas oportunidades de negocio ni porque no crea en la capacidad de los mexicanos o en la de Slim mismo, mi problema con la fortuna de Slim es que está hecha toda en Mexico un país donde el ciudadano medio vive muchísimo peor que en Argentina. Es cierto: Slim reemplazó a Gates, y a éste también se le acusaba de monopólico. Pero la diferencia está en que la fortuna de Gates se hizo sobre una escala mundial y que las leyes de Estados Unidos continuamente controlan sus decisiones empresariales. La fortuna de Slim, en cambio, se creó en un país el 62% de las compañías admiten que destinan una porción de sus ingresos a pagar sobornos a funcionarios públicos para obtener algún beneficio y en el que el 30% del total de recursos públicos destinados a realizar contrataciones gubernamentales se destina a la corrupción. Esta fortuna se acrecentó, además, a través de la compra de una empresa pública.

En la década de los 90 se llevaron a cabo en América Latina numerosas privatizaciones de los monopolios estatales, especialmente en electricidad, petróleo, telecomunicaciones y transporte. El objetivo era promover la productividad y eficiencia de estas empresas y hacer que funcionaran para la “protección” de los ciudadanos, en lugar de depender de los subsidios estatales y fomentar la corrupción y la repartición de privilegios. Pero en algunos casos lo único que se logró es que se trasladaran los monopolios públicos a manos privadas, con la frecuente venta de activos públicos al mejor postor y a los amigos del palacio presidencial. En México, particularmente, analistas y muchos ciudadanos se opusieron a la compra de TELMEX por parte de Slim, considerando que éste obtenía la compañía por un precio excepcionalmente bajo (1,760 millones de dólares). Incluso Business Week ubicó a Slim dentro de la “plutocracia protegida” por el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari a quien señalaron de poner en las manos del magnate una auténtica “mina de oro”. También las compañías estadounidenses AT&T y WorldCom impulsaron una denuncia ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) en su contra, acusándolo de prácticas monopolísticas. A estas críticas, Slim responde que el crecimiento de TELMEX se debe a la inversión realizada tanto como a su estrategia de mercado. Dice, además, que las críticas internacionales se deben a que los organismos internacionales empujan para que las empresas de los países desarrollados controlen los mercados y que en muchos casos manipulan la información que difunden. Que hoy en día es muy difícil pensar que en ciertos países haya más de tres competidores y que lo importante no es únicamente la cantidad de competidores sino los precios y los servicios que se ofrecen al público.

El hecho es que los holdings de Slim acaparan un 40% de la bolsa mexicana y sus ingresos equivalen al 25% del presupuesto nacional. Y que, en consecuencia, difícilmente un gobierno (del signo que sea) pueda soslayar semejante cuota de poder. Creo entonces que, más allá del orgullo que puedan sentir algunos mexicanos por el triunfo de Slim a nivel mundial, su historia encarna el eterno problema de los países en desarrollo: instituciones débiles que coartan el crecimiento transparente. Porque cuando existe corrupción y las instituciones de gobierno (elecciones, poder judicial, burocracias, etc.) no funcionan de forma completamente eficiente y transparente suceden dos cosas: que muchas empresas no pueden prosperar y se ahogan en la maraña de papeles, ineficiencia y coimas, y que algunas (no todas) de las que sí prosperan utilizan mecanismos poco éticos para alcanzar el éxito. Pero lo que sucede en todos los casos es que siempre queda la duda sobre la honestidad de las personas, porque cuando hay gobiernos débiles la tentación es muy grande y difícil de resistir. Si alguien triunfa, ¿lo hizo por sí mismo o porque lo ayudaron?

Esto es más notorio, además, en el caso de coyunturas como el de las privatizaciones. Las reformas neoliberales que se aplicaron en América Latina no obtuvieron los resultados esperados en términos de crecimiento económico e igualdad social. Por el contrario, la pobreza creció notoriamente al mismo tiempo que disminuyó la inversión. Se cometieron, además, impresionantes errores en el diseño de las políticas y hubieron escandalosos episodios de corrupción. Es en este sentido, entonces, que la fortuna del rey azteca puede ser vista como una desgracia para el pueblo mexicano. Más allá de lo que hizo o no hizo Carlos Slim – si se apoyó o no en mecanismos políticos y monopólicos – el representa la eterna nube gris sobre los gobiernos, las empresas y el futuro latinoamericano: el hecho de que se puede ser muy rico a través de la corrupción y se puede ser muy pobre a pesar de trabajar honestamente.

¿Qué podría hacer Carlos Slim que nos haría a todos los críticos de su carrera cambiar de opinión sobre su probable carrera de sobornos para adquirir un enorme poder económico en México en un país en el que el ciudano promedio es 40% más pobre que el argentino medio? En mi opinión hacer lo que hicieron sus sucesores en la lista y donar 1/3 de su fortuna para mejorar la vida del mexicano medio. Estuve reunido dos veces en mi vida con Carlos Slim y no considero imposible que haga algo así.

 

 

 

Este artículo fue escrito utilizando, entre otras fuentes, Carlos Slim: El más rico de América latina” y escrito con la ayuda de María Frick.

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