En España también hay piqueteros (en realidad, piquetes, como los llaman aquí). Pero, a diferencia del gobierno argentino, que usa a sus piqueteros con fines políticos, el gobierno socialista español, tras unos días de actitud tolerante, ha decidido imponer la ley con firmeza e impedir que el país se paralizara. Esto es, precisamente, lo que tendría que haber hecho el gobierno argentino conforme la pobreza disminuía. Protestar, sí; destruir, no, y menos destruir vidas humanas.

Creo que el público español no parece entender bien que su gobierno no tiene nada que ver con el aumento del precio de los carburantes. Es más, el otro día me llegó una absurda propuesta vía Internet que sugería que los ciudadanos deberíamos llevar a cabo una huelga en el consumo para que las gasolineras dejen de aprovecharse de nosotros y lograr así que, ante la presión, rebajen los precios… Como si de ellos dependiera el tema.

El aumento del precio del petróleo tiene que ver con el impacto del aumento de la demanda en los llamados países o economías “emergentes”, principalmente China e India, debido a su gran crecimiento económico. Y no podemos culparlos porque emulen nuestro modelo de desarrollo que, como bien sabemos desde los años 70, no responde a un patrón en escalada.

La subida del precio del petróleo es mala a corto plazo, porque la gente no tiene ni sabe cómo ajustar su estilo de vida a la nueva realidad, y además genera inflación; pero, sin embargo, a largo plazo la perspectiva varía. El aumento del precio del carburante es positivo si contribuye a que nos replanteemos nuestro modelo de organización económica. Es positivo para el medio ambiente, que padece menos impactos con el descenso del consumo; es positivo para el desarrollo de energías alternativas, incentivado por la carestía, en sus dos sentidos, del “oro negro”; es positivo para motivar el ahorro de combustible, así como la eficiencia; es positivo para que la gente recurra más al transporte público, vaya más a pie o en bicicleta, en detrimento del uso del transporte privado; es positivo, en fin, para que las fuentes de producción y consumo se acerquen.

Resulta sencillo afirmar que éste es un asunto de pobres y ricos, pero no es así. No se trata de que los ricos vayan siempre en coche. Mis amigos (muy ricos) de Manhattan se mueven en transporte público porque el coche es, simplemente, una peor alternativa. Es más, incluso con el precio actual del combustible, en la vida de un coche la gasolina sigue representando sólo el 10 por ciento del coste total.

Así las cosas, considero que el tema clave pasa por el modelo de desarrollo. Y, aplicada esta idea a España, el modelo de desarrollo se basa en dos amores que ahora, en plena crisis ambos, están traicionando al español medio. Uno es su vivienda, que tanta felicidad le dio durante tantos años y cuyo precio ahora se tambalea; el otro amor frustrado es, precisamente, la gasolina barata, una halagüeña circunstancia que se vio reflejada en el auge impresionante de la construcción de carreteras.

España es el único país, a mi juicio, que otorga tanta prioridad al modelo de desarrollo económico basado en el automóvil. Personalmente, resultó una sorpresa cuando, recién llegado a este país, me dijeron que uno de los títulos universitarios más prestigiosos era el de Ingeniero de Caminos. De hecho, en España, la obtención del carnet de conducir viene a ser como la obtención del título universitario: una vez lograda la “licenciatura” hay mucho por recorrrer. Ello se plasma incluso en las ciudades: en Madrid se construyen túneles que son como una línea de metro suburbano para automóviles. Nunca había visto algo semejante. Uno entra en el túnel de Maria de Molina, por ejemplo, en pleno centro madrileño, y sale a la “M30”, el anillo periférico. Desde que llegué a España, en el año 95, no se ha parado de construir autopistas. Es más, muchos de los senderos de tierra que recorría en bici de montaña ahora están asfaltados. Con la peña ciclista nos reímos, pues nos han dejado sin rutas y, prácticamente, ya no nos queda por dónde ir.

En mi opinión, lo que tiene que hacer el gobierno es aprovechar esta coyuntura para que, cuando el precio del petróleo descienda hasta unos valores más “normales”, no baje el precio de la gasolina y consiga así generar una economía más eficaz, menos dependiente de la importación, y, sobre todo, más sana (y saneada) para todos. Una economía en la que se conduzca más lentamente, se utilicen motores más pequeños y menos potentes, se compartan más los recursos del transporte, logrando que, en consecuencia, haya menos accidentes, menos ruido, y, en definitiva, se alcance un nivel de vida mejor.

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