Hace unos años me ofrecieron ser miembro del directorio de Greenpeace Internacional, pero luego de algunas conversaciones, nos dimos cuenta que mi participación no sería posible. Porque aunque estaba a favor de la mayoría de sus campañas, no estaba de acuerdo con algunas de las más importantes: la que se opone a los transgénicos y la de la energía nuclear. Creo, además, que Greenpeace no enfoca bien el problema del medioambiente.

Yo creo que Greenpeace debería concentrar sus esfuerzos en hacer una enorme campaña contra:

1) El uso particular del automóvil.

Hay que apoyar el transporte publico, subir los impuestos al combustible para uso particular, subir los impuestos a las grandes cilindradas, apoyar la bicicleta, caminar, etc. No puede ser, por ejemplo, que en ciudades como México DF – encapsulada entre las montañas y el smog – no se mejore el transporte público ni se agudicen las medidas contra el uso particular del automóvil. En la ciudad de México el 80% del espacio urbano es ocupado por los automóviles, en beneficio de sólo 20% de la población. El uso del automóvil ha aumentado un 20% en los últimas dos décadas y es responsable de la generación (el sector transporte en general) del 80% de las emisiones contaminantes a la atmósfera, lo cual se traduce en 4 millones de toneladas anuales de contaminantes. Creo que en casos como estos Greenpeace debería ayudar a encontrar nuevos equilibrios entre la industria automotriz (que genera crecimiento económico y empleo), los intereses políticos y de los votantes, y la protección del medioambiente.

2) El uso excesivo de energía.

Estamos desperdiciando energía y – con ella – nuestros recursos. Un ejemplo claro es el “consumo oculto”: aquél que generan los equipos modernos, como los ordenadores personales con impresora, escáner y módem que están permanentemente conectados, o los cargadores de teléfonos móviles. Prácticamente todos los electrodomésticos, aparatos audiovisuales, equipos informáticos y cargadores de baterías llevan una fuente de alimentación o adaptador de corriente que no se desconecta al apagar el aparato y que sigue consumiendo electricidad. Este consumo es responsable del 5% al 10% del total de la electricidad que consumen los hogares y de un importe desconocido en oficinas, comercios y fábricas. Representa, además, el 1% de las emisiones globales de dióxido de carbono, y le cuesta a Europa unos 15.000 millones de euros anuales. Si bien la Unión Europea tiene un código de conducta para reducir energía que busca el compromiso de los fabricantes de estos aparatos para deducir el consumo energético, su cumplimiento no es obligatorio. Greenpeace podría entonces hacer una campaña para transformar este código en ley, así como enseñar a la población sobre cómo reducir su consumo energético.

3) El hacinamiento en las grandes ciudades.

Se prevé que dentro de 25 años el 60% de la población de la Tierra vivirá en zonas urbanas. El planeta contará ya para 2015 con 23 centros urbanos con una aglomeración de más de diez millones de habitantes (contra las 19 que teníamos en 2000) y un 80% de estas ciudades gigantes se encontrará en los países en vías de desarrollo. En la actualidad, el 70% de los habitantes de estos países vive en el campo y un 30% vive en ciudades, pero en 2030 esta proporción se invertirá, provocando la superpoblación en las zonas urbanas. Esto es muy preocupante, porque ya sabemos que la huella ecológica es especialmente grave en las ciudades: las grandes urbes occidentales concentran al 20% de la población mundial, pero consumen más del 60% del producto económico mundial y generan el 60% del total de los desechos. Además, su elevada huella energética, debida a la generalización del vehículo privado, las hace excesivamente dependientes del exterior. Así es que Londres supera en 125 veces la extensión de su región de referencia, Munich en 145 y Toronto en 287. Greenpeace debería tomar este tema como una de sus luchas más importantes. Podría promover la investigación, aplicación y difusión de nuevos sistemas de aprovisionamiento y consumo urbano, así como la generación de nuevos servicios y posibilidades económicas en las zonas rurales, de forma de que la gente no necesite hacinarse en las ciudades.

4) La superpoblación.

Otro de los problemas más importantes de la actualidad es la superpoblación: se teme que la humanidad haya alcanzado, e incluso sobrepasado, la capacidad de carga que tiene a nivel planetario. Es decir, la cantidad de recursos disponibles (y su capacidad de renovación) para garantizar su supervivencia. Pero, paradójicamente, se estima que 87 de los 211 millones de embarazos anuales del mundo son involuntarios. Y que si bien para algunas mujeres y sus parejas esto puede ser una agradable sorpresa, para otras no lo es (26,5 millones de estos embarazos involuntarios se deben a una utilización inapropiada o un fallo de los métodos anticonceptivos y que otros 46 millones acaban en abortos provocados). Una de las mejores maneras para proteger el medio ambiente es entonces la educación sexual y reproductiva. Greenpeace, que conoce estos números, debería hacer algo al respecto. Creo que, al contrario de lo que pregonan algunas organizaciones religiosas, frenar la superpoblación y garantizar la supervivencia de los seres humanos no significa quitar el derecho a dar vida sino enseñar a usar esta capacidad de forma responsable. Y Greenpeace podría ayudar a crear esta conciencia.

5) El patrón de consumo.

Ya me he referido antes a este punto. Especialmente en lo que tiene que ver con la difusión de un patrón de consumo característico de los países ricos que, en caso de ser adoptado por otros países – como China, por ejemplo – , sería completamente devastador e insostenible. El hecho es que los análisis indican que en los últimos tres decenios los efectos ambientales derivados del consumo de las familias se han intensificado y que – si no se aplican políticas decididas y de gran alcance – se intensificarán aún más en los próximos años – sobre todo por lo que respecta a la energía, el transporte y los desechos. Para 2020, el parque automotor se incrementará en un 20%, el consumo de energía en un 35%, y los desechos en un 40%. Esto tendrá importantes consecuencias en la emisión de gases de efecto invernadero, la contaminación del aire, el agotamiento y contaminación de las fuentes de agua y la contaminación del suelo derivada de la incorrecta eliminación de los desechos. Creo entonces que es tan urgente como necesaria una campaña que promueva formas de vida y de consumo sostenibles. Todos debemos saber el impacto ecológico de los productos y servicios que consumimos así como las formas más eficientes de prevenir e eliminar nuestros desechos. Greenpeace puede tener, en este sentido, una gran e impactante tarea: ayudarnos a conocer y modificar nuestros hábitos de consumo.

Sigue a Martin Varsavsky en Twitter: twitter.com/martinvars

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