Me han invitado otra vez a participar en la Revista NOTICIAS; esta vez, en la sección “Clases Magistrales” . Publico a continuación mi nuevo artículo “Miento porque soy vivo. Reflexión sobre una mala costumbre argentina”. El artículo es largo y no típico de formato blog.


Miento porque soy vivo (Reflexión sobre una mala costumbre argentina)
Por Martín Varsavsky
Revista NOTICIAS – Clases Magistrales / Materia- Educación

La Argentina parece encaminarse a una nueva estabilidad. Después de la crisis del 2001, ha alcanzado nuevos niveles de crecimiento económico y ha mejorado mucho el nivel de empleo. Esta vez existe la esperanza de que estos cambios sean permanentes, que no se repita el falso despegue del retorno democrático de Raúl Alfonsín ni aquella ilusión del menemismo, sino que sean cambios reales que nos permitan alcanzar los niveles de ingreso per cápita y desarrollo que tendrían que esperarse de un país tan rico como el nuestro.

Sin embargo, para convertirnos en un país moderno y desarrollado, todavía nos queda un buen trecho por recorrer y muchos obstáculos, entre ellos una inequidad endémica que crea enormes tensiones sociales, una política internacional en la que la Argentina se alía a perdedores como Venezuela y se aleja de países exitosos como los europeos, y una seria falta de innovación e inversión en infraestructura necesaria. Pero voy a dejar esos factores de lado y pretendo enfocarme en uno que no se menciona tan frecuentemente pero que creo que es uno de los obstáculos más grandes que enfrentamos. Se trata de un problema que no es único de los argentinos, claro, pero que sí es típicamente nuestro. Algunos lo llaman falta de transparencia, otros corrupción, pero creo que es mejor ir al grano y llamarlo como lo que realmente es: la cultura de la mentira, una enfermedad endémica.

Mi argumento es que si los argentinos no logramos en conjunto ser menos mentirosos, más transparentes, más honestos, y, especialmente, dejamos de endiosar a los mentirosos, nunca llegaremos a crear el ambiente de confianza necesaria para que el país se desarrolle. Porque, como se ha demostrado más de una vez, existe una enorme correlación entre el nivel de honestidad de un país con el funcionamiento de sus empresas e instituciones y el crecimiento. Como prueba el trabajo de Transparencia Internacional, los países más transparentes, los más honestos, son también los más desarrollados. Y la Argentina tiene uno de los peores rankings de transparencia del mundo. Dicho de una manera, menos políticamente correcta pero más clara: conformamos una de las sociedades más mentirosas del mundo.

El problema medular del culto a la mentira en la Argentina es que está tan metido en la mentalidad nacional que, como dijera Jorge Luis Borges, “a un argentino le preocupa menos pasar por inmoral que pasar por zonzo”. Es justamente esa “viveza criolla” que tanto nos caracteriza e identifica la que promueve la deshonestidad como modo de vida y nos ancla en el subdesarrollo. Mentirosos, por supuesto, hay en todo el mundo. Lo que ocurre es que los argentinos cultivan una peculiar cultura de la mentira que nos tira para abajo, lo que nos ha llevado, entre otras circunstancias, a ser uno de los países más desarrollados del mundo hace unos 80 años a convertirnos ahora en uno de los menos desarrollados, junto a otros latinoamericanos, fuera de África. Creo entonces que, en vista del rumbo positivo que comienza a recorrer nuestro país, amerita repasar los daños que aquella idiosincrasia nos ha generado. Es un intento de provocar la reflexión y la búsqueda de soluciones que permitan de una vez por todas alcanzar un crecimiento digno e igualitario basado en la honestidad.

La idiosincrasia de la viveza

Para el “Mundial de Alemania 2006”, la empresa Adidas sacó una réplica exacta de la chaqueta utilizada por la Argentina en el ‘86 añadiendo en la espalda la frase “la mano de Dios”. Más de un argentino -entre los que me incluyo- compró esa chaqueta para pasearla con orgullo frente a los hinchas de otros países. Y es que “la mano de Dios” se ha convertido en el momento cumbre del fútbol argentino y elemento clave de nuestra identidad. En mi caso, luego de tener que explicar varias veces a norteamericanos y europeos qué quería decir la frase estampada, comencé a sentir vergüenza y dejé de usar la camiseta. Me molestó al fin que los argentinos fuéramos famosos por una mentira. En nuestro país, “la mano de Dios” es una viveza, en el extranjero es simplemente una trampa. Porque lo cierto es que, más allá de la “argentinidad” que concita, el episodio refleja ni más menos que las miserias de nuestra idiosincrasia.

Según Julio Mafud, la viveza criolla es una actitud que contrarresta la angustia, la soledad, el aislamiento y los miedos que surgen de una sociedad desarraigada y con altos niveles de exclusión. En su esencia, el propósito que estimula al vivo es demostrar que su viveza le permite someter a los que no son tan vivos como él, y que puede sacar beneficios aun de las circunstancias más adversas. Es por esto que intenta estar siempre por encima de los demás -con los que únicamente puede establecer la relación de victimario a víctima- y que todo acto destinado a poner de manifiesto que él es un vivo estará justificado de antemano. El gol de Maradona condensa estas características. Una sociedad dolida tras la guerra de Malvinas enfrenta su angustia y sus miserias mediante el engaño. A pesar de ser reconocidos mundialmente por la calidad de nuestro fútbol, hacemos trampa para lograr a toda costa la euforia y el sentimiento pasajero de revancha, de comunidad y de superioridad. Dejamos por un momento de ser “menos” y damos vuelta la historia para ser victimarios de los ingleses. Es una creencia muy difundida. Veinte años después, y a pesar de que Maradona admitió que hizo el gol con la mano, el suyo será siempre el gol más lindo del fútbol argentino. ¿La justificación? “Ellos nos habían hecho un montón de cosas”, “fue algo que salió de adentro, fue picardía”. ¿El remate? “Le volvería a hacer un gol con la mano a los ingleses”. Mientras que para los ingleses Maradona es un tramposo que se salió con la suya, la proeza sigue siendo para nosotros motivo de orgullo, eslógan de camisetas, estampilla de correo y mito de la identidad nacional: en 2005 Maradona fue considerado la personalidad más representativa del país.

Pero el tema que angustia es que nuestra cultura nacional está plagada de antecedentes y manifestaciones de esta idiosincrasia. En el Martín Fierro, por ejemplo, se encuentra uno de sus más populares representantes: el viejo Vizcacha, ícono literario de la cultura de la corrupción y del negociado. Frente a Martín Fierro, que representa la postura ética, el viejo Vizcacha es un símbolo del individualismo, el acomodo y la trampa. Encarna a aquél que se resigna a la realidad y se hace cómplice de ella. “Hacéte amigo del juez”, aconseja, con el único objetivo de asegurarse para sí un “palenque ande ir a rascarse”. En las historietas, Isidoro Cañones -personaje de Dante Quinterno-, Falluteli -de Divito- y Avivato -dibujado por Lino Palacio- son también versiones de esa “viveza criolla”. Personajes que celebran la vida fácil, que prefieren vivir de los demás antes que trabajar y que adornan la mentira con simpatía para poder conseguir sus fines. En el cine y la televisión nacional reciente tampoco escasean ejemplos. En la serie “Los Simuladores”, los protagonistas entienden que a veces lo legal no es justo y que entonces la mentira es una herramienta para hacer justicia. En el largometraje “Nueve Reinas” se muestran personas comunes que recurren al engaño porque la situación lo permite. En “Derecho de Familia”, el protagonista -a pesar de sentir la necesidad de “parar” la cadena de silencios y mentiras frente a su padre- contrata a un amigo actor para engañar a sus alumnos. Y en “El Hijo de la Novia”, justificada por la buena intención, la mentira se transforma en el mecanismo de acción. Todos lloramos cuando el buen padre logra engañar a la madre en su casamiento, porque, en realidad, una buena mentira lo justifica todo.

Estas expresiones son, lamentablemente, reflejo de la vida cotidiana. Pero no debemos engañarnos y pensar que la viveza es un defecto de unos pocos. Porque, como sostiene Mafud, la viveza está amparada por la complicidad de la sociedad. En otras palabras, si en la Argentina la viveza tiene valor de virtud es porque los que no son tan vivos la comparten, admiran o elogian. Otro ejemplo es el programa de televisión de Marcelo Tinelli“Show Match”-: en él, la diversión gira en torno a la burla y la falta de respeto por los demás y, sin embargo, el éxito es contundente. Es uno de los programas líderes del rating de la TV argentina y, bajo distintos nombres, se mantiene en el aire desde 1992 con el mismo formato: la celebración compartida de la “viveza criolla”. También “Caiga quien Caiga” consiste en celebrar el humor del engaño y el formato que trató de ser exportado tuvo un éxito relativo, porque aunque a la gente de todo el mundo le pueda causar gracia una buena trampa, sólo los argentinos parecemos tener una paciencia eterna para programas, películas, e historias basadas en el engaño.

De tal palo, tal astilla

De esa fuente idiosincrática, surgen los líderes y partidos políticos que tenemos. Aunque reneguemos de ellos, son la fiel representación de que en la Argentina está autorizada cualquier maniobra “astuta” o “pícara” a fin de conseguir satisfacer los intereses individuales. Nuestra vida política está llena de casos que ilustran este comportamiento y advierten sobre sus consecuencias en la sociedad. Un primer ejemplo es la omisión de la verdad o la mentira descarada que los líderes cometen ante los ciudadanos, ya sea a través de los discursos políticos o por el manejo de la publicidad e información estatal. Según un estudio realizado por la Asociación por los Derechos Civiles (ADC) y el Instituto Open Society (IOP), existe en nuestro país una cultura enquistada de abuso persistente por parte de los funcionarios públicos respecto a la manipulación de la distribución de publicidad en función de objetivos políticos y personales. Los gobiernos utilizan sus recursos de publicidad como “garrotes” o “zanahorias” financieras, según los casos, para llevar a la quiebra a una publicación molesta o influir sobre su contenido. De vuelta: esto no ocurre sólo en la Argentina, pero ocurre mucho más y goza de impunidad mientras que en otros países más desarrollados tales actividades son menos frecuentes y son sancionadas de una u otra manera.

A nivel nacional, incluso, “los funcionarios de alto rango habitualmente hacen objeto de presión e intimidación inaceptables a los propietarios de medios, editores, e incluso a periodistas individuales para que morigeren las críticas al gobierno o para que se manipule la cobertura de noticias a su satisfacción”. Esta triste realidad ha sido puesta en cifras por Poder Ciudadano: durante el 2005, a pesar del presupuesto asignado de 88 millones de pesos, el Poder Ejecutivo nacional gastó más de 127 millones de pesos en publicidad sin presentar ningún criterio objetivo respecto a su distribución.

Otro claro caso de la viveza política nacional es la manipulación de las instituciones democráticas por parte de los políticos argentinos. En los últimos veinte años, hemos realizado 38 reformas electorales y 32 reformas constitucionales a nivel provincial; hemos manipulado la Justicia a través de la composición de las Cortes, el debilitamiento del poder de los jueces y el retaceo presupuestario; y hemos provocado innumerables cambios y acomodos en las organizaciones públicas. El daño causado por este tipo de manipulaciones es difícil de cuantificar, pero quizás otro ejemplo muy reciente sea todavía más ilustrador. En estos meses, el kirchnerismo hizo una “jugada política” en el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), un organismo estatal independiente del gobierno supuestamente generador de informes y estadísticas veraces. El Presidente designó una nueva directora en el Área de Precios y modificó la metodología de análisis de la institución. Mientras que el Gobierno dice que la decisión se debe a la escasa confiabilidad de la información y los intereses corporativos del INDEC, sus funcionarios y directivos sostienen que el objetivo del Gobierno es la mera manipulación de los índices de inflación y, en consecuencia, el valor de la canasta básica y los niveles de pobreza e indigencia (indicadores fundamentales para el cumplimento de los compromisos de deuda, el otorgamiento de nuevos préstamos y la eficiencia de las políticas sociales).

Este desfachatado intento para promover la mentira corresponde a una larga historia de gobiernos nacionales de interferir en los órganos estatales y manipularlos para justificar su gestión y garantizar su futuro político. Es cierto que hay condicionantes estructurales y vicios del propio sistema que promueven estas tendencias políticas en nuestro país. Pero lo que me interesa mostrar es que, en nuestra idiosincrasia, la mentira es siempre una estrategia posible, aunque esto repercuta negativamente en el conjunto de la sociedad a través de la desmoralización del pueblo, el desprestigio de las instituciones democráticas de gobierno y la evaluación negativa del mercado y del sistema político argentino a nivel internacional.

Las consecuencias sociales

Como dijo Arturo Jauretche, los vivos “somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad”. Esto trae aparejadas gravísimas consecuencias para la sociedad: cuando se practica colectivamente, la “viveza criolla” genera amnesia, anomia y corrupción, en un círculo vicioso que es muy difícil de cortar. Enraizada en esa “viveza criolla”, la sociedad argentina es la sociedad más individualista de América Latina. Esto genera, entre otras cosas, una grave tendencia a la amnesia política. Es cierto que cuando se descubren mentiras en la Argentina -o al menos algunas mentiras- se genera una gran alarma en la población. Pero la alarma tiende a ser pasajera, una conciencia esporádica que lejos de buscar soluciones de raíz y producir cambios significativos, actúa como una catarsis colectiva que una vez finalizada abre paso a la resignación (sí, aquella del viejo Vizcacha) y permite a todos volver sin culpa a la rutina del individualismo.

En el 2001, por ejemplo, tras la fuga masiva de capitales y la congelación de los depósitos bancarios, la ciudadanía no sólo se expresó con un alto índice de abstención electoral y el llamado “voto bronca”, sino que la inconformidad llevó a una crisis social generalizada que provocó la renuncia del Presidente. Y al coro de “que se vayan todos” se organizaron cacerolazos y asambleas barriales, surgieron nuevos representantes y actores políticos y se colocó la “reforma política” como una prioridad de la agenda. Sin embargo, una vez aliviadas las tensiones, la reforma política quedó en el olvido y no sólo no se fue nadie sino que se quedaron todos, aun los peores. Ejemplos parecidos son, entre otros, los de Cabezas, las inundaciones de Santa Fe, la desnutrición en el Norte, todos casos de gran cobertura mediática en un momento y rápido olvido en el siguiente. Cuando descubre la mentira, el país vive episodios de horror y súbito descubrimiento de la realidad. Entonces se refuerzan los lazos comunitarios y se rearma la comunidad. Pero la autocrítica y el esfuerzo colectivo pasan tan rápido como aparecen nuevos personajes en “Bailando por un Sueño”, se crean nuevos subsidios estatales o la Argentina gana algún campeonato. La cultura de la “viveza criolla” no impide descubrir la mentira, su efecto es aún más nocivo: permite olvidarla.

Practicada en gran escala, esa viveza también produce anomia, en el sentido de la omisión, alteración o reemplazo generalizado de las normas de acuerdo a la conveniencia individual. Esto genera un orden social e institucional que no es respetado ni por los ciudadanos ni por los dirigentes, y en el cual es Estado es incapaz de imponer su autoridad. Tanto es así que de acuerdo a un estudio realizado en 2005 por TNS-Gallup para La Nación, los argentinos opinamos que somos individualistas (72%), no respetamos la ley (77%) y que valoramos los caminos fáciles (73%). Y, según los datos de la Encuesta de Cultura Constitucional, encargada por la Asociación Argentina de Derecho Constitucional (AADC) e IDEA Internacional, el 41% de los argentinos piensa que hay momentos en que es necesario desobedecer la ley, el 38% sostiene que si cree que tiene razón está dispuesto a ir en contra de lo que manda la ley y el 23% que no está dispuesto a obedecer una decisión que no le gusta aunque esta haya sido adoptada por la mayoría.

Una consecuencia directa de esta anomia social es la corrupción en todas sus formas: prebendas, apropiación directa de fondos públicos, clientelismo, mala asignación de los recursos estatales o beneficio de los funcionarios sobre el interés público. Según el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, la Argentina está entre las naciones más corruptas del planeta. No sólo somos más corruptos que los latinos europeos sino que nos encontramos por debajo del promedio del continente americano (3,8 puntos), donde, por ejemplo, países como Colombia y Perú resultaron ser más transparentes que nosotros. Lo cierto es que en los últimos años, el país ha soportado más de un escándalo por corrupción. Por mencionar algunos: el contrabando de armas, la estafa del oro, el lavado de dinero, el caso IBM- Banco Nación, los contratos de los DNI de Siemens, las coimas del Senado o el contrato de Hidrovía por la concesión del peaje del dragado y balizamiento del Río de la Plata. Entre otros.

Claro, como advierte la ONG Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica (CIPCE), debemos reconocer que “detrás de cada funcionario corrupto hay un empresario que corrompe”. Tal es así que, según su base de datos, el perjuicio atribuido al Banco Velox alcanzó los 2.000 millones de dólares y el Banco de Italia está involucrado en una causa por un fraude de 744 millones de dólares. Al Banco Alas se le atribuye un perjuicio de 140 millones de dólares, y están denunciados el Citibank, Multicrédito y el Banco Mercurio. Enrique Piana todavía carga con la causa de la mafia del oro, con 19 millones de dólares en juego. Y Ciccone Calcográfica está acusada por un fraude de 72 millones de dólares y asociación ilícita.

La “viveza criolla” es mentirosa, y practicada a gran escala es corrupta, viciosa e ineficiente. Es por esto que Carlos Nino (Un país al margen de la ley, 1992) se refirió a la anomia argentina como una anomia “boba”, en la que todos violamos la ley hasta tal punto que, por hacerlo, nadie obtiene ventajas sobre otros y todo se transforma en pérdidas. La trampa generalizada solo trae desorden, pérdida de recursos, tiempo y de energía. Y es por esto, en gran medida, que seguimos atados a la inestabilidad social, política y económica: la viveza criolla y su mentira nos anclan en el subdesarrollo.

El papelón internacional

Vale la pena mencionar que nuestra idiosincrasia no sólo nos trae problemas internos -los que ya son suficientemente graves si los medimos en términos de pobreza o desigualdad, por ejemplo- sino que nos provoca incómodos roces internacionales. Hay anécdotas “menores”, como las de los nuestros turistas argentinos. Como todos sabemos, hemos amasado mala fama mediante infinitas avivadas de poca monta, como robar los ceniceros del restaurante, quedarse con los cubiertos del avión o las toallas de los hoteles y “pinchar” teléfonos. Pero hay también momentos más álgidos y muy negativos en nuestras relaciones exteriores. Quizás el episodio más ilustrativo sea la suspensión de pago de la deuda externa anunciada en el 2001 por el entonces presidente interino Adolfo Rodríguez Saá, recibida por muchos con algarabía. No sólo estafamos entonces a nuestros propios tomadores de bonos y a los ahorristas perjudicados luego por la pesificación, sino que mentimos y robamos a miles de ahorristas e inversores extranjeros. Tras el “default” y la consecuente reestructuración de la deuda todos -inversores locales y extranjeros, ahorristas individuales, empresas y futuros jubilados- perdieron el 75% del capital invertido en bonos del Estado nacional.

Un retrato más actual es el conflicto de las papeleras. Tal como sostiene Eduardo Montes-Bradley en su documental “No a los Papelones”, este problema tiene su origen en las mentiras con raíces en la idiosincrasia argentina. La causa del problema es “la paranoia de los argentinos con esa sensación de que nos quieren saquear”, porque “si no son los yanquis que se quieren robar el agua, son los judíos que se quieren robar la Patagonia o los brasileños las Cataratas o los chilenos la Cordillera”. Coincido con Montes-Bradley cuando dice que para los argentinos “siempre es el otro”. Como con el gol de Maradona, nuestras avivadas necesitan de un victimario. Por eso acusamos a los uruguayos con argumentos pseudo-ambientalistas o explicamos la estafa de los bonos culpando de usureros a los ahorristas e inversores. Nos excusamos con una mentira que nos permite evitar nuestra responsabilidad y continuar con nuestra viveza boba. Lamentablemente, olvidamos que no estamos solos en el mundo y que hay pueblos (e inversores) que sí tienen memoria.

Hacia el 2007…

En tanto promueve la deshonestidad, la “viveza criolla” ha dejado de ser una costumbre ocasional argentina para convertirse en un grave defecto moral y cultural que ha corroído nuestros parámetros éticos y ha instalado una tragedia en nuestra sociedad. Mentimos porque nos creemos vivos y no nos damos cuenta de nuestra torpeza. Es así que estamos atrapados en un callejón sin salida: queremos un gobierno democrático, pero no estamos dispuestos a comportamos como demócratas para alcanzar sus beneficios. Queremos ser un país rico, pero no respetamos la legalidad que esto requiere. Demandamos estabilidad institucional y transparencia política, pero no somos capaces de asumir individualmente estos valores. Queremos ser Martín Fierro pero nos comportamos como el viejo Vizcacha. En esa indecisión, la mentira sigue rondando y devastando nuestra riqueza y nuestras posibilidades de un futuro digno. Mientras sigamos festejando el gol de Maradona, continuaremos acusando de naïves y perdedores a quienes eligen el camino de la honestidad. Mientras sigamos estafando con mentiras, continuaremos alimentando la desmoralización de quienes quieren hacer las cosas con decencia y están dispuestos a esforzarse para lograr el progreso de sus familias y del país.

Estamos sufriendo las consecuencias de nuestras propias mentiras y las de nuestro autoengaño. Es cierto, Argentina vale oro, pero está cubierta de barro. Para que brille, para mostrarla al mundo y ser “más”, debemos arremangarnos todos y limpiar este enchastre que hemos hecho juntos. Es hora de que dejemos de acusarnos mutuamente, de buscar víctimas o espectadores de nuestras acciones. Debemos comenzar a pensar en plural y a hacernos responsables de nuestro propio desarrollo.

Ojalá las nuevas elecciones reflejen la voluntad de cambio y elijamos no a una persona a quien podamos luego culpar de nuestras desgracias sino a nosotros mismos como hacedores y beneficiarios de un nuevo proyecto de gobierno y democracia.

Con la colaboración de Maria Frick

Sigue a Martin Varsavsky en Twitter: twitter.com/martinvars

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