El próximo Octubre se realizarán en Argentina elecciones presidenciales y legislativas. Se elegirá Presidente y Vicepresidente de la Nación, así como 24 senadores y 130 diputados del Congreso Nacional. El movimiento liderado por Néstor Kirchner, actual presidente del país, se presentará entonces para la reelección, frente a una oposición sumamente fragmentada. ¿Quién es Kirchner? ¿Qué ha hecho? ¿Y qué posibilidades tiene en esta contienda electoral? Lo que sigue son unas pistas básicas para entender un poco lo que puede pasar (o seguir pasando) en Argentina.

Kirchner, argentino de origen mitad suizo y mitad chileno, nació en la Patagonia y llegó a Presidente en las confusas elecciones de 2003, marcadas por la crisis de 2001, el default, la masacre de Avellaneda y la disputa interna del Peronismo. Llegó al ballotage con el 22% de los votos y obtuvo la presidencia ante la renuncia del ex Presidente Carlos Menem, su contrincante en la segunda vuelta. Su imagen creció hasta alcanzar el 77% en su primer año de gestión y en 2005 logró un rotundo triunfo en las elecciones legislativas, lo que le allanó el camino para aspirar a la reelección en Octubre de este año.

Kirchner es peronista y la cabeza del llamado “kirchnerismo”, una gran fuerza política difusa, heterogénea e inorgánica que – bajo los sellos de Frente para la Victoria y Concertación Plural – funciona como un gigantesco imán de atracción de fragmentos del viejo aparato peronista, gobernadores e intendentes de distinto origen (la mayoría peronista de diferente extracción, pero también muchos radicales), sindicatos y movimientos sociales, figuras con predicamento territorial de base o referentes políticos y sociales tributarios del poder construido desde el gobierno en estos últimos años. La fuerza que ha adquirido este movimiento no surge únicamente del hecho de que el peronismo sea una fuerza política fuertemente hegemónica (y una muy eficiente maquinaria electoral), sino a que no existen en Argentina oposiciones estructuradas en condiciones de competir por la alternancia en el poder. En las elecciones de 2003, las opciones no peronistas – representadas históricamente por la Unión Cívica Radical, los partidos de centroizquierda y las fuerzas liberales y conservadoras – quedaron reducidas a expresiones menores, en gran parte como resultado del fracaso del gobierno de la Alianza, la crisis de fines de 2001 y la renuncia del presidente Fernando de la Rúa.

Kirchner está casado y su mujer, además de senadora y una parte importante del gobierno, probablemente sea la candidata del oficialimo para la Presidencia. Esto no sólo es un paso importantísimo en su carrera política, sino una estrategia para la “renovación” del movimiento kirchnerista en el poder. Con un presidente desgastado por la centralización política y acorralado por la inflación, las denuncias de corrupción y la insurrección en su provincia de origen, esta estrategia reciclaría al kirchnerismo dotándole de nuevas fuerzas políticas. Y el hecho es que Cristina Fernández de Kirchner sería, además, una candidata tan promisoria como el propio Néstor Kirchner para ganar las elecciones presidenciales de Octubre próximo. Si bien la intención de voto del Presidente es 8 o 9 puntos superior a la de su esposa, ambos son candidatos a ganar en la primera vuelta. El Presidente mantiene un 58% de intención de voto y ella un 50%, un número en alza si se considera que el último año no superaba el 44% de adhesiones.

Kirchner ha llevado adelante una gestión de perfil progresista, orientada a la centroizquierda y a la reivindicación del llamado “peronismo revolucionario” de la década del 70. Se enmarca, en este sentido, en lo que se ha llamado la “nueva izquierda” latinoamericana, pero sin dejar de mantener algunas características que le son propias. En primer lugar, a diferencia de Chávez, por ejemplo, Kirchner no ha conducido ningún intento de crear un nuevo orden constitucional ni nada parecido, y en lugar de la oposición que Kirchner pretende, existe una diversidad de actores con los que no tiene más remedio que definir acuerdos y desacuerdos coyuntural y puntualmente. Por otro lado, lejos de revertir algunas de las políticas liberalizadoras y antiestatistas de la época de Menem, Kirchner las combinó con un manejo ortodoxo de las cuentas públicas y el mercado cambiario, y con una mayor intervención en inversiones y precios. El hecho es que Kirchner no tiene un partido de izquierda detrás y ha mantenido muchos de los políticos de la era menemista. Al mismo tiempo que hace alianza tanto con los sectores populistas como con los progresistas y los empresariales. Como dice Kvaternik: el kirchnerismo es una extraña mezcla de ex montoneros con ex menemistas.

Kirchner cuenta con una coyuntura internacional favorable a la recuperación económica argentina. Fundamentalmente, la suba de los precios internacionales de commodities y la demanda de materias primas por parte de China. En 2005 Argentina completó tres años de crecimiento (del 9% anual acumulativo); el PBI superó en 5% al de 1998 y el producto per cápita se recuperó hasta 4600 dólares. Este fuerte crecimiento se ha visto sostenido por la relación simbiótica entre Norteamérica y Asia, por un lado, y entre los dos grandes bloques y los demás productores de materias primas, por otro. EEUU compra de China; China compra del resto del mundo; China y los demás países asiáticos financian los déficit de EEUU, que a su vez ayuda a mantener los tipos de interés globales a niveles más bajos de lo que estarían sin dicha financiación. Argentina encaja perfectamente en este sistema económico, vendiendo sus productos agrícolas y otras materias primas a los dragones asiáticos.

Kirchner, además, ha logrado cosas importantes. Cuando hace unos años nadie daba mayor crédito a un programa de esas características, el gobierno de Kirchner encaró una drástica y exitosa renegociación de la deuda, fijó límites a los aumentos de tarifas y condiciones a las empresas privatizadas, estableció un régimen impositivo más progresivo a través de las retenciones al agro y desplegó políticas tendientes a favorecer a los sectores productivos industriales y agrarios, relanzando la negociación colectiva de salarios así como otras medidas sectoriales de indudable beneficio para los más castigados por la crisis. Y el resultado ha sido que se ha estabilizado la economía con altas tasas de crecimiento y se ha alcanzado un récord de exportaciones y elevadas ganancias, en un marco de menor pobreza, desempleo y degradación salarial. El superávit fiscal ocupó el lugar del déficit, los bancos funcionan, desapareció el trueque, se reestableció la moneda y la actividad comercial ha recuperado su ritmo tradicional. Se ha reinstaurado la autoridad política y se redujo la explosividad (aunque no la continuidad) de la protesta social. Para completar el cuadro, hay que agregar que la inversión viene recuperándose sostenidamente y que hay un boom en sectores como construcción, turismo y minería. También la Argentina dejó atrás el default después de reestructurar su deuda pública con una quita del 65%, que mejora su perfil de vencimientos externos, y haber cancelado anticipadamente la deuda pendiente con el FMI. Todos estos datos justifican que la tasa de riesgo país se ubique actualmente en los niveles más bajos de los últimos diez años, aunque en la región todavía esté por encima de Brasil, México, Chile o Uruguay.

Pero Kirchner no ha logrado otras cosas igualmente cruciales. Como explica Claudio Katz, el modelo kirchnerista basado en tres instrumentos regresivos (superávit fiscal, inequidad impositiva, jubilación privada) y tres estrategias (canje y cancelación de la deuda, renegociación de contratos de servicios públicos y salvataje de bancos) enfrenta algunos desequilibrios. Entre ellos: la inflación. El índice mensual cercano al 1% tiene efectos dramáticos, porque cada punto de aumento sin compensación salarial empuja a nuevos sectores desamparados a cruzar el umbral de la pobreza. Los funcionarios buscan contener este incremento negociando acuerdos con los grandes formadores de precios, pero la contención de la inflación choca con el modelo exportador. Desde la devaluación, el aumento de los precios acompaña el ascenso de las cotizaciones (y el volumen) de las agroexportaciones. Particularmente en el último año la carestía se intensificó porque comenzó a cerrarse la brecha entre precios mayoristas (que se dispararon con el fin del uno a uno) y minoristas (que se retrasaron por el desplome del consumo).

La política laboral es otra de las materias pendientes del presente gobierno. Si bien logró bajar el desempleo, (de un 24,1% en 2002 a un 9,7% en Abril de 2006) el mercado laboral se encuentra que la informalidad laboral es más alta y que los ingresos son más bajos. En 2006, sólo el 55,6% de los asalariados (de los sectores público y privado) estaba en blanco. El 60% de ellos tenía vacaciones pagas, el 59,9% cobraba aguinaldo, el 59,8% tenía días pagos por enfermedad y el 58% contaba con obra social. Paralelamente, la devaluación y la inflación acumulada han deteriorado los salarios (que han sido destrozados si se miden en dólares). Sólo algunos trabajadores del sector privado formal tienen actualmente un salario real superior a la etapa pre-crisis, mientras que los demás tienen un poder adquisitivo notoriamente menor. Tanto es así que en 2007 el salario mínimo familiar volvió a caer por debajo de la línea de pobreza ubicándose para una familia tipo (matrimonio y dos hijos) en 899,44 pesos. Esto quiere decir que al menos más de los 700.000 trabajadores en blanco que ganan el salario mínimo no pueden cubrir sus necesidades básicas alimentarias, cuyo monto mensual estimado es de 900 pesos argentinos.

Por último, y en relación con el mercado de trabajo, si bien Kirchner logró reducir la pobreza, no ha atenuado los márgenes de desigualdad. Durante su gestión la cantidad de pobres a nivel nacional ha ido del 54% de mayo del 2003 al 31,4% de mayo del 2006 (una reducción del 41% en tres años) y los indigentes del 27,7% al 11,2% (con una reducción del 59% en igual lapso). Sin embargo, si bien no alcanzan los valores de 2003, la mejora de los índices de igualdad no fue tan notoria. El coeficiente de Gini varió entre 0,494 a 0,483 entre el 2005 y el 2006 y la disminución de la brecha social de 36 a 31 puntos. Esto significa que el 10% más rico de la población argentina recibe hoy 31 veces más ingresos que el 10% más pobre, lo que supera ampliamente los valores de la ya suficientemente desigual década del noventa (cuando la brecha social osciló entre 17,3 puntos en 1992 y 28,3 en 1999, y el índice de Gini varió entre 0,418 en 1992 y 0,477 en 1998).

Agradezco a Maria Frick por su colaboración en este artículo.

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